10/3/18

Aníbal Troilo: "Creo que soy un hombre bueno"

Entrevista por María Ester Gilio
 
Tenía una bata azul sobre el piyama blanco... "Estoy enfermo'', dijo. E hizo un  gesto vago señalando algún  lugar del cuerpo. "Me duele".

Junto a la ventana, Zita jugaba con su hermana a los dados.

-- Pero ayer trabajó, -le dije.
-- Sí, toda la semana. Hoy no trabajo porque es domingo. Le voy a alcanzar un detalle. Ayer me hice 55 minutos en la primera vuelta. Después me mandé dos whiscachos y me hice la segunda.
-- ¿Por qué va?
-- ¿Cómo?
-- Si, dice que está enfermo. Quiero saber si va porque es responsable o por qué.
-- La gente me quiere.  No se puede describir.
-- Va por eso...
-- La gente que camina como yo, siempre quiere a los que le hacen bien.
-- ¿Cómo camina?
-- Así, un poco al bardo.
-- No sé qué quiere decir.
-- Sin ton ni son.  Es gente que quiere al tango y por eso me quiere. Hace unos días terminé de tocar y las señoras se acercaron. Me besaban.
-- ¿Cómo se siente en esos momentos? Hizo un gesto impreciso con las manos, le pidió un whisky a Zita, cerró los ojos por un segundo. "Y, qué querés... ", dijo finalmente.
-- ¿Todo eso le importa mucho?
-- ¿A vos qué te parece?
-- Que sí.
 
Volvió a cerrar los ojos y confirmó con la cabeza. Le pregunté entonces cuál había sido su mejor cantor. Él respondió con otra pregunta.
-- ¿En el aspecto personal?
-- Es fantástico. Le pregunto a un hombre que tiene una orquesta cuál fue su mejor cantor, y él dice: "¿En el aspecto personal?".  Sí, en el aspecto personal.
-- Fiore. (Fiorentino.) Era un hombre... Se merecía todo el cariño del mundo.
-- ¿Qué estilo de tipo era?
-- Como yo. No, mejor que yo.
-- ¿Y cómo es usted?
 
Desvió la mirada, y dijo lentamente, casi en secreto: "Creo que soy un hombre bueno".
 
-- Zita, escúchame, ¿es bueno este hombre?
-- Sí, es buenísimo, pero muy revirado. Te lo presto unos días y vas a ver.  Hay que cuidarlo. Es un niño.  Hoy, domingo, mi único día libre, a las doce del mediodía se le ocurrió comer pasta.  Me tuve que levantar a cocinar.
-- ¿Vos trabajás?
-- ¡Pero qué me preguntás!  Todos los días, menos domingo y lunes, tocamos -dijo Zita sin dejar de agitar los dados.
 
-- Voy a contarte una cosa que nunca conté. El día que conocí a mi mujer se acabó el planeta.
-- ¿Cómo era eso?
-- Yo estaba en los bailes, ella caía y yo desaparecía.  Me le iba atrás. Cuando Fiore la veía, le decía: "Carucha, perdoname una, no te lo llevés".
-- ¿Qué le gustaba de ella?
-- Ella -dijo, y le echó una mirada cortita-. Por ella yo volteé toda la estantería.
 
Zita dejó de jugar y me miró. "Fiore veía mi mano que aparecía entre las cortinas y temblaba".
 
-- Yo tocaba en el Florida y ésta sacaba la mano así -dijo Pichuco moviendo la mano-. Tenía un anillo.
-- De aguamarina -dijo Zita, mostrando el anular desnudo.
--Yo veía el anillo y me rajaba atrás. Dejaba todo. Pero si un día cualquiera, irremediablemente, el bacán por tus sueños presentido no soy, batímelo así nomás, con un beso en la frente: "Mirá gordo, me aburro".
-- ¿Oíste, Zita?
-- Sí, yo se lo dije, pero no se va.
-- ¿Puedo hablar?  Mirá, cuando chamuyo de mi jermu, no me alcanzan los petates. Hace treinta y cinco pirulos que me aguanta. Le voy a contar una cosa. Montevideo... me hacían un homenaje en el Estadio Centenario, porque yo cumplía treinta años de actuación. Estaba el finado Eichelbaum, que había ido para oírme. El espiquer decía: "Aníbal Ptsstroilo", la gente aplaudía. Yo no podía salir, no podía caminar, tenía una emoción tremenda, me caía, tenían que sostenerme. Y de pronto, me veo aparecer a Puchulita.
-- Sí...
-- Estaba enferma que se moría. Pero se levantó y fue. No se pudo aguantar. Así es mi mujer.
-- Soy una mina de Horizontes Perdidos.
-- Contale qué hiciste hoy de comer, Puchulita.
-- Pulpetas y macarrones.  Comió como si fuera la última vez.
-- ¿Quién hubo antes de Zita?
-- Nadie, nadie.
 
Zita: -- No te dejes engrupir.  De botón a comisario...

-- Sí, yo soy falso, pero veía a Puchulita y...
-- ¿Qué lo atraía tanto en Puchulita?
-- Su ternura.

Zita: -- A la gente se la conquista con ternura.

-- Descríbamela tal como la recuerda de ese tiempo.
-- Chiquita... ¡un cuerpo!

Zita : -- Así es,  andá  a  ver  mi  cuadro, allá en el  living.
Allá, en  el  living,  estaba,  en  un  gran óleo, Zita, la  de antes,  con el pelo rubio muy rizado y un traje de  gasa celeste. En la  pared  de  enfrente, la  cara de Pichuco, con  sus  ojos de potrillo, negros y  tiernos, el pelo a  la gomina.
Cuando volví:
-- Y bueno, ¿qué te parezco?
-- Bonita, no tan distinta de ahora.
-- ¿No te dije que soy una mina de Horizontes Perdidos?  ¿Cómo te sentis, Chiquito?
-- Bien, bien.
-- Pero te duele.
-- Sí, me duele -dijo Pichuco, poniéndose de pie-.Tenemos que llamar al chino otra vez.
-- ¿Qué chino?
-- Un chino que viene, me enchufa la aguja, me manda la electricidad  y chau.

Con sus pasos muy lentos y cortitos se alejó, y cuando volvió:
-- Recolectaron 200 firmas para que Fiore volviera a la orquesta.  Pero ya no se podía. Cuando se termina una cosa, se termina. "Se termina su vida como un pucho de tabaco virginia, se termina -dijo sentándose. Ya no tiene tabaco para mucho.  Ya está al lao del final la pobre mina".
-- ¿Carlos de la Púa?
-- Sí, yo me hice al lado de él.
-- Cuénteme.
-- Él estaba en Crítica. Era un rantifuso. Cuando iba a un cabaret, siempre llevaba un lápiz.
-- ¿Para qué?
-- ¿No sabés?
-- No.
-- Para firmar...  El  otro  día Puchulita se  puso a  buscar  una  foto  de  mi  primitiva  orquesta.  Y cuando empezó a revolver, entramos a ver los muertos: Fiore, Lomuto, Canaro,  Enríque, Maffia, Laurenz. Fiore fue la cosa más sentida.  Un día fuimos con Fiore a las seis de la tarde a tocar en un baile. Cuando llegamos todavía había sol.  Vamos a subir y...  Eramos todos pibes.  ¡Para qué  te  voy  a  contar, unas pintas...!
-- ¿Qué edad?
-- Veinte.  Escuchame, llega el momento de subir y Fiore me agarra un brazo. "¡Un momento, Kolynos!", me dice. Pobrecito... De repente, uno se olvida de un montón de cosas; hay cosas que uno se olvida.
-- ¿Cómo empezó a cantar en su orquesta?
-- Fiore trabajaba en el Tabaris. Yo le propuse -éramos amigos de mucho tiempo-, le propuse que se viniera conmigo. Debutamos en el Marabú con un tango que se llama "Sobre el pucho", de Piana y Castillo. Estaban todos los milongueros. No gente, ¿entendés? Los   milongueros.
Después de muchos años, un día terminamos. Fiore ya no estaba. El día en que se despidió de la orquesta. Hicimos "Adiós, Pampa mía". Pobrecito...
-- ¿Qué lo decide por determinado tango? Quiero decir, si es la letra o la música en primer término.
-- Son las dos cosas. Hay algunos letristas a los que estoy aferrado. Cátulo, Homero Manzi, Expósito, Camillioni, ahora empiezo con Ferrer. Ferrer va a escribir mi vida. Yo le digo: "Bueno, Horacio, empezá. Pero nada de introitos". Introitos yo no quiero.
-- ¿Cómo conoció a Ferrer?
-- Yo voy a trabajar a Montevideo. Después íbamos afuera. Y Horacio venía. Yo le contaba de Carlos de la Púa, del negro Flores, de Cadícamo... Él captaba una enormidad. Tendría dieciséis años. No paraba nunca de preguntarme cómo eran éste y aquel otro.  Era un pibe bárbaro. Después, quiero que me pregunte de mi vieja.
-- Le pregunto ya. Cuénteme.
-- Cabrera y Anchorena, 1914.
-- ¿Mil novecientos catorce es una fecha?
-- Sí.
-- ¿Tengo que adivinar?
-- Voy a cumplir sesenta años.
-- Y nació en Cabrera en 1914.
-- Sí. Le voy a contar.  Mi viejo murió cuando yo tenía diez años.
-- ¿Y entonces, su vieja?
-- ¿Qué te parece?  Muchos sacrificios. Era una mujer muy bonita, pero solamente nos miró a nosotros. Cumplo sesenta años. Hace cincuenta que trabajo con el bandoneón. El más grande disgusto fue cuando supo que había dejado la escuela y entraba a tocar. Murió en los brazos de Zita.
-- Sí, murió en mis brazos.

-- Acercá la botella, Puchi. ¿Usted sabe una cosa? Cuando Puchulita me conoció, no me daba bola.

-- ¿Por qué, Zita? ¿No te gustaba?
-- No sé...

-- Sería que yo era gordito.

-- No, a mí me gustaban los hombres mayores. Este era un pibe.
-- ¿Nunca hizo una canción para vos?
-- Sí. Hizo para mí "Toda mi vida" y "María".

-- Había un tango que se llamaba "Claudine" y otro "Françoise" y otro ¡yo qué sé! Le dije a Cátulo: "Hacé un tango que se llame "María". Y ahora, ¿puedo hacerte una pregunta?  ¿Cómo  te  gustaría  llamarte? ¡Qué gran nombre, María!... la vieja se llamaba Felisa...
-- ¿Por qué creés que hay tantas madres en el tango?
--¿Y dónde querés que estén las madres?
-- En el tango están bien. 
Tomá hielo, Chiquito -dijo Zita, poniéndole un trozo en el vaso.
-- Esta siempre me manejó. Antes, con el anillo.  Yo veía el anillo y ya no sabía más lo que hacía. Estaba en pleno tralalalalá, pero igual me tomaba el raje.
-- Sí   -dijo Zita con aire satisfecho, volviendo a sus dados-.  Es verdad. Debías poner a tu vieja en algún tango, Japonés.
-- ¿De cuántas maneras lo llamás?
-- ¡Uuuh! Japonés, Tortita Quemada, Buda, Gordo, Puchulito, y de mil modos más.

-- ¿Sabés a quién no llegué a agarrar?
-- ¿A quién?
-- A mi viejo.  Murió cuando yo era muy pibe. Ya te conté.  Yo hablo poco de mi viejo. Pero mirá, un día viene el Nene...
-- ¿Qué Nene?
-- Bonardo. Me agarró para un programa en televisión. Yo estaba afónico, no podía hablar. El Nene me hizo toda una preparación. Después se puso de espaldas a la cámara y me dijo: "Hablá".  No sé, me hipnotizó  y  yo  entré  a  hablar  del  viejo, de cuando le  regaló la guitarra  a  Gardel. Hablé sin acordarme de la gente que me estaba escuchando.
-- ¿Cuándo le regaló una guitarra a Gardel?
-- Yo no había nacido.  Mi vieja vivía en Córdoba y Pueyrredón y mi viejo era el novio. Pero nada más, ¿entendés?  Como se usaba en esa época. Entre él, Betinotti  y mi tío le regalaron la guitarra.
-- ¿Vos lo conociste?
-- Sí, en el año1932, cuando yo tocaba con De Caro. Mirá qué me pasó. El día que voy a ver "Melodía de arrabal",  estoy parado en la  puerta del cine esperando para  entrar, en  medio  de un  montón de gente. Una señora abre la puerta del auto y ¡paf! me deja dormido en el suelo. Me tuvieron que llevar a la asistencia pública. Después, en el Festival del 32, Barquina, en el Chantecler, va y me presenta a Gardel. "Mirá, Carlitos, este pibe tiene locura con vos", le dice. "¿Sabe una cosa? -le dije yo- casi me amasijan por usted". ¿Qué te pareció la película, qué te pareció?", me dijo.  Porque hablaba capicúa. Ese día había estrenado "Si se salva el pibe".
-- ¿Gardel?  Yo creía que ese tango era muy posterior.  Que lo había estrenado Fiorentino.
-- ¡No! Estábamos Barquina y yo. ¡Qué lástima, no conociste a Barquina!
-- ¿Quién era Barquina?
-- Si había alguno preso, Barquina lo sacaba -dijo Zita.
-- ¿Y qué más? ¿Qué hacía?
-- ¿Sabés lo que hacía? Querer a la gente. Una vez había una fiesta y unas putas ahí.
-- ¿Para vos qué es ser puta?
-- Mirá, tirarse al agua por cualquier cosa.
-- ¿Mucha plata no es cualquier cosa?
-- Es lo mismo.
-- ¿Qué es lo mismo?
-- Es baratearse. Bueno, te cuento. Era una fiesta y había una mina que se me tiraba arriba. "¿Qué hago?", le dije a Barquina. "Isa", me dijo Barqui.  Barqui fue el amigo más dilecto.
-- ¿Y Manzi?
-- Es otra cosa.  No seas desordenada. No mezclés.
-- Bueno.  Dale con Barqui.
-- Barqui se murió y me dejó solo. ¿Querés que te cuente?
-- Sí.
-- No lo pongas.
-- No.

Habló largo rato de Barquina.  Luego de Discépolo, y de la locura que tenía por Tania. Finalmente:
-- Una noche, Tania estaba   en   Chile. Enrique me dice: "Vení".  Fuimos.  Cuando terminamos de comer, me lleva atrás de la casa y me dice: "¿Cómo estás?".  Yo lo miré.  No entendía qué quería preguntarme. "'Bien", le digo. "¿Qué vas a hacer?" "No sé", le digo y me quedo esperando. No sabía a dónde quería ir. "¿Sabés lo que tenés que hacer? Nada"
-- ¿Qué quería decirle?
-- Que ya había hecho todo lo que tenía que hacer. Que ahora me quedara quieto. ¿Querés escribir una cosa?

Sobre el mármol helado, migas de media  luna,
Y una mujer absurda que come en un rincón
Tu musa está sangrando y ella se desayuna
El alba no perdona, no tiene corazón.

Vos sabés "las historias de tango tienen vieja memoria". Hay tantas cosas... Cuando pienso en Paquito, que me llevó treinta años el bandoneón.  Pero ahora se murió.
-- ¿Piensa a veces en la muerte, en su muerte?
-- Sí. Y no me gusta, pero no por mí.  Quiero todavía arrimar un millón de cosas a la gente que me quiere.  Toda esa gente... ¿Te conté que el otro día bajé y las señoras me besaban?
-- Sí. ¿Te gusta escucharte?
-- Me escucho mal.
-- ¿Por qué?
-- Porque para escucharse bien, hay que sentirse bien. Y yo, últimamente, ando mal. ¿Cómo dijiste  que  te gustaría llamarte?
-- No te dije.
-- Yo le puse "el Gato" a Piazzolla y "el Polaco" a Goyeneche. ¿Sabías que a Piazzolla le gusta el jazz? Siempre le gustó el jazz.  Me gustaría ponerte un nombre.
-- Esta  es Gelsomina. Clavado. Gelsomina -dijo Zita.  Y luego:  Mirá,  Gelso, a veces llegaba  Piazzolla con  la  partitura  y el  Gordo entraba a  tacharle  los  firuletes. ¡Qué tierno, Piazzolla!...
-- La primera instrumentación que me hizo... estábamos comiendo en lo de mi vieja y me dijo: "Me gustaría hacerte una instrumentación". Fue "Chiqué".
-- Era muy tierno -Insistió Zita-.  Los hombres son más tiernos que las mujeres, ¿no te parece?
-- Sí, creo que sí.
-- Un hombre es incapaz de hablar de vos porque sí. Yo creo que son más buenos que las mujeres.
-- ¿Sabías, entonces, que a Piazzolla le gustaba el jazz? -dijo Troilo.
-- Sí, sabía.
-- Yo   conocí a Tommy Dorsey.  Lo conocí y me gustó, y cuando lo oí casi me vuelvo loco.  Entonces me vinieron ganas de tratarlo.  Pero de nuevo no me gustó. Y no me gustó, ¿entendés? -dijo mirándome, con los ojos finitos como dos rayas.  Quedó un rato pensativo.
-- Tommy Dorsey murió.
 
Luego, mirándome entre curioso y fastidiado:
-- ¿Qué escribís?  Decime.
-- Cosas.
-- ¿Qué?
-- Por ejemplo, que tenés los ojos muy dulces y unas manos bellísimas.  Podrían servir para un afiche publicitario.
Las miró por unos segundos.
-- ¿Te gustan?
-- Sí, mucho, además...
-- Son más jóvenes que yo, ¿verdad?
-- Son manos de pibe.  Por las manos, podrías tener veinte años.
- Sí, por las manos, sí...  Pero mirá, piba, mirá mi caminar. ¿Sabés que es?
--Sí, que andás precisando al chino de las agujas.
-- Cualquier día, ya ni el chino me arregla.
-- ¿Lo conociste a Tommy Dorsey?
-- Lo conocí en San Pablo.
-- La música de Tommy Dorsey le gustaba mucho  -dijo Zita.
-- Sí, en cambio Silvio Caldas...
-- ¿No   te gustó?
-- Me gustó él y la música. lbamos  juntos al hipódromo. ¿Qué era lo que decían las minas en  San  Pablo,  Puchulita?
-- Decían "sozinho",   "vocé,   sozinho". En Río estaban Rita Hayworth, el Alí, las del Follies  Bergère,  hacia  un frio  del demonio.  Me  dieron  un  coche  sin  cambios, y  nunca había  manejado  una  cosa  así.  Y en medio de aquella neblina...  Pero era la única fresca.  Los llevaba a   todos, yo sólo tomaba agua.
-- En el reportaje que te hice hace unos años te pregunté cómo componías, si partías de la letra o al revés. Vos me dijiste que te gustaba Ir envolviendo la letra en música, ¿te acordás?  Me dijiste algo así como: "Me gusta masticar la letra, ir envolviéndola en música".
-- Sí. Ahora tengo  unos  versos  de  Cátulo  y  se  me  ocurre que le  voy  a  poner una  música  que  corresponda. El día del programa a Manzi, Cátulo me dijo: "Tengo una cosa   que son doce tomos. ¿Sabés qué es? Testamento tanguero."
-- ¿Qué hacés aparte de tu trabajo?
-- Veo amigos, a veces voy al cine.
-- Decime algo que te haya gustado.
-- Me gustó  mucho una de un cow boy  que se  va a la  ciudad a  trabajar de  gigoló y  lo  agarra  cada  mina...  Es muy simpática. Mirá, te voy a contar algo de Manzi.
-- Es natural.
-- ¿Qué?
-- Esa amistad que la película describe te trae el recuerdo de Manzi.
-- Si. Bueno, te cuento. Edmundo Rivero se iba.  En la   radio lo despedía Alberto Vacarezza, y después, todos los amigos nos fuimos a una cantina de Agüero. Y... no me acuerdo bien cómo fue. Lo que sé es que yo le pedí a Manzi que viniera. ¡Y no quieras saber lo que es un hombre hablando!  No hubo un hombre en la vida de los argentinos como él.  Un día se afiló una mina, pero andaba mal -dijo, y quedó pensativo-.  ¿Vos sabés que mélange me hizo el Nene con esa mina?
-- ¿Qué mélange?
-- Un mélange que... andá a saber. Mirá, otro día vamos a chamuyar lungo de mí. Porque me gusta chamuyar de mí. Pero, ¿sabés?, jode un poco no poder hablar de vos. Quiero decir...   –dijo, y se quedó   mirándome-. ¿Vos sabés cómo quiero a la gente?  Y me gustaría que hablaras de vos.
-- ¿Qué querés saber?

Le conté. Me escuchó. Cuando terminé, le pregunté si él creía que era por su música o por él, como ser humano, que tanta gente lo quería tanto.
-- Es una cosa ambigua.  Una parte por mi música y otra por mi ser humano. Este gil a la zurda no se cansa nunca de querer a la gente. Ayer 55 minutos y después, la segunda vuelta.  Y estaba enfermo.
-- ¿Cómo estás, Japonés? -volvió a decir Zita por tercera o cuarta vez en la noche.
-- Bien, bien.
-- ¿Qué querés tomar?
-- Nada.  Está bien así.
-- Hablame de Di Sarli.
-- El hombre más grande en el tango. Pero muy loco. Mi vida fue otra cosa.
-- Por ella.
-- Y por mí.
--¿Qué diferencia encontrás entre vos y Di Sarli?
-- Di Sarli es un tanguero extraordinario.            ·
-- ¿Y vos?
-- Un musiquero... Mirá, hace cuarenta años los músicos iban a la panadería a comprar bizcochitos, porque vivían mal de verdad.  Un día va y me dice: "Yo te quisiera llevar, pero sos muy firuletero."
-- Y no era verdad -dijo Zita con aire ofendido.
-- ¿Cómo creés que nace un   músico? O mejor: ¿creés que un músico nace o se hace?
-- Para tocar, se precisa instinto.
-- Pensás  entonces que  habrías  sido un buen  músico  en  Africa  o  en  Europa  y  tocando  otro instrumento.
-- Yo   no   soy   un buen músico: yo soy un buen tanguero.  Imaginate, yo con un poncho y tocando la flauta.  Yo soy   tanguero. Y te voy a contar.  Mirá, escuchame.  Cuando yo nací a   la música, había una cosa... yo... Yo me quería acomodar en eso. Pero, no sé si me entendés. No pasaba ni medio, ¿entendés?
-- Me parece que sí.
-- Y de pronto me di cuenta que me había metido. Eso es, me había metido.
Zita dejó de agitar los dados y se quedó mirándolo.
-- ¿Qué pasa, Puchulita?  El día   que   se te   piante esta cosa cariñosa que tengo para vos...
-- No sería la primera vez.
-- Yo no hablo de plantarme por un ratito.
-- Y yo hablo de cuando salían con la bolsa a  buscar soda  y  no volvías en  tres días.
-- Sí, yo era así -dijo con una expresión resignada.  Como si el ser así fuera obra del destino.
-- Pero no me pongas cara de víctima -le dije.
-- No, no.  No te miento. Yo salía a buscar soda, o cualquier otra cosa. Porque ya estábamos por comer, y faltaba algo, pero me encontraba con uno que me invitaba a una copa, y otra, y otra, y qué sé yo. Cuando quería acordar... 
-- Cuando querías acordar aparecías tres días después. Sin la soda.
-- ¿Y vos qué hacías?
-- Yo tuve mucha paciencia.
-- Sí, Puchulita tuvo mucha paciencia, dijo Pichuco bajando los párpados.
-- Es que si con éste no sos paciente...
-- Yo soy difícil.  Pero Puchulita siempre me manejó. Con el anillo nomás.
-- Es muy bueno pero muy revirado. Los Cáncer son así, revirados, cabeza dura. Un día viene un cantor  y  le  dice: "El domingo en Palermo hay que jugarle a fulano." Viene  Barquina, éste  le  cuenta, y Barquina  le dice que  no, que  ese  caballo no  vale  nada. Pero, a la noche,  vuelve el cantor y le insiste. El domingo tempranito ya estaba el   Japonés esperando a Barquina, porque el  caballo corría en   la primera.
-- No sé por qué me habla agarrado tanta calentura con aquel caballo.
-- Al ratito estaban de vuelta. Se habían jugado todo. Una fortuna.  Este tiene cada historia.  Un día terminamos de comer y se va con los amigos a un bar de enfrente a tomar calé. Y como se habían bajado unas cuantas botellas, estaban alegres y Rufino se puso a cantar.  Llegó la cana y se los   llevó a todos a la 13.  Cuando estaban en  el Departamento de  Policía, el Gordo  agarra  a Paco  de   un brazo y  le dice:  "Paco, ¿a  quién  venimos  a  sacar?". "A nadie -le dice Paco-, los presos somos nosotros."
-- Sí, estábamos contentos. Habíamos grabado toda la mañana,  después nos fuimos a comer a  casa y terminamos con  la siesta en la 13 –dijo y se puso a  tararear bajito  haciendo   pasar  el  aire  entre  dientes  y  la lengua-. ¿Te gusta?
-- Sí
-- Es un tango que le hice a Catunga.
-- ¿Quién es Catunga?
-- Contursi.
-- ¿Cuándo lo hiciste?
-- Ahora, mientras ustedes hablaban. Se llama Bolita -dijo con aire de misterio-. Es un tango sin letra.
-- ¿No vas a escribirlo?
-- Después.
-- Recién me dijiste que si volvieras para atrás, no cambiarías nada, salvo estudiar música.
-- Estoy conforme con lo que hice, siempre acompañé mi vida con la gente que quise.  Maffia,  Francini, De  Caro, Barquina...  
-- ¿Y si hubieras estudiado música? 
-- Si yo supiera lo que sabe Piazzolla de música sería... no sé... sería...
-- ¿Qué serías?
-- Beethoven.
-- ¿Qué pensás de Piazzolla?            -
-- ¡Sabés cómo gatilla!  El gato gatillando... ¡hay que oírlo!  Mirá, un día yo estaba tocando en el Luna Park y la gente empezó a pedir que tocáramos juntos. El Gato se acercó, puso un pie  en  el costado  de  la  silla, y  a  mí,  que  lo he  criado, me  dijo: "Cantá". Bueno,  no  podés  imaginarte  las  cosas  que  hacía el fuelle del Gato aquí  en mi oído. Nadie toca el bandoneón como Piazzolla. A veces le leía algo que había escrito y me decía: "Poné fagot, poné oboe". ¿Te conté cuando mi orquesta tocó en  el  Colón?
-- No.
-- Estaba Perón en el teatro. Él había  hecho posible que una orquesta típica llegara al Colón. Cuando voy a entrar, me encuentro en la puerta, esperándome, a Lunghi, uno de los músicos más viejos del Colón. Él sabía lo que significaba para nosotros tocar allí. Quería saludarme, que le presentara la orquesta. Pobrecito... Cuando se estaba muriendo, me mandó llamar. "Maestrito, no me deje morir", me decía.
-- ¿Y vos?
-- Y yo, ¡qué querés!  Uno se va muriendo con cada amigo que se muere.  Uno no se muere de golpe, ¿sabés?  Llega un momento  que de Pichuco ya no queda nada.  Se lo fueron llevando de a poco.
-- No hables de eso, te ponés muy triste.
-- Es el almanaque, Gelso, el almanaque.
-- Contame de Julián Centeya.
-- Julián Centeya llegaba y me decía: "Gordo, levántate, caza la jaulita y vamos"
-- EI bandoneón.
-- Sí, yo lo agarraba y nos íbamos a la cárcel de Las Heras, a la de Caseros, Mercedes. Metían  a  los  presos  en  un salón grande,  yo  me  subía  a  una tarima  y allí  le  dábamos.
-- Contale de aquella vez en Caseros -dijo Zita.
-- Estábamos Julián y yo solos con los muchachos. Yo sentado en una silla y Julián parado. 
Me puso una mano en el hombro. La mano le temblaba. Dijo: "Entre ustedes que están afuera y nosotros que sí, que estamos adentro, vamos a chamuyarla un poco lunga".
-- No entiendo bien, ¿por qué están ellos afuera?
-- Afuera de las leyes. ¿entendés?  Nosotros adentro, ellos afuera.  Los chorros lloraban -dijo, y quedó mirando el vaso vacío-. Dame hielo, Puchulita.
-- ¿Hielo?
-- Sí, ya está casi amaneciendo.
-- Eso es. El día recién empieza. Lo tenemos todo por delante.
Sonrió.
-- ¿Y qué querés saber ahora?
-- Nunca me hablaste de tu bandoneón.
-- El primero me lo regaló un tío. Se lo compró a un ruso.  Costaba cincuenta mangos. Le pagamos diez y no apareció nunca más.  El de ahora tiene muchos años. Varias veces me lo robaron. Se llaman descuidistas. Siempre  me  lo 
devuelven. Aparece un tipo, en   casa de algún amigo, con el bandoneón.  "Mire, don, le sacaron el bandoneón a Pichuco."
-- Este después le manda algunos mangos -dijo Zita-. A ese bandoneón no hay reducidor que lo compre.  Todos   lo conocen.
-- En cuanto a tu orquesta.  Porque el bandoneón es como un pedazo tuyo.
-- Él va a hacer lo que vos te propongas. Pero la orquesta es otra cosa. Hasta dónde le exigís, hasta dónde te responde. Mirá, mi orquesta toca y tocaré como si tuviera que acompañar a Gardel. Sólo eso.
-- ¿Qué cantor pensás que estuvo o está más cerca de Gardel?
-- Mientras exista un disco de Gardel, todos los cantores van muertos. Y mientras exista una foto, también.  Porque tenía una pinta de la gran puta.  Eso no lo pongas.
-- Sí, lo pongo.
-- Ponela.
-- Sería idiota  preguntarte  si  existe  una cosa  en el  mundo  que te  cause  más  placer  que  gatillar.
-- Te voy a contar. Por el 58, en el Odeón se hizo una revista de tango. Tenía como veinte cuadros y yo trabajaba en diez y nueve. Al final nos reuníamos todos. Salgán al piano, Ciriaco y yo en el fuelle, Grela en la guitarra y Rivero. Y mirá que veníamos de zapar los diez y nueve anteriores.   Pero nos   entendíamos   tan   bien que al menor amague de aplauso seguíamos y seguíamos. De a ratos nos mirábamos con Salgán y decíamos: "¡Pensar que además nos pagan!" Es casi de mañana.
-- ¿Sabés  que ya ni sé lo que digo? Estoy cansado.
-- Bueno.
-- Pero antes querría decir una cosa. Tenés que tirar  la  casa por la ventana y decir una cosa -dijo, tirándome de un brazo hacia  él,  y  bajando  mucho  la  voz-. Que tengo una ganas  de morirme que no puedo más. No te gustó, ¿no?
-- No lo esperaba. ¿Tenés miedo a envejecer?
-- Yo no tengo miedo a envejecer. Yo estoy loco de viejo.  ¿Qué pasa, Puchulita?
 
Revista Crisis, N° 17, Setiembre 1974.

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