5/7/10

Gerardo Portalea

Por Sergio Pujol (Suplemento RADAR)

A los 16 años eligió bailar tango. Y empezó a hacerlo en los clubes de barrio. Recién bailó en un cabaret, Karim, de grande, pero su fama lo había precedido. Junto a Virulazo y Copes, es uno de los mejores bailarines tangueros, pero Gerardo Portalea tiene un plus: es milonguero. Y cada domingo, en algún club de barrio, sigue, como prefiere decir él, "caminando el tango".

Aprendió a bailar mirando a los que sabían hacerlo, en una época en la que los chicos de Villa Urquiza, como los de cualquier otro barrio de Buenos Aires, se enloquecían por alcanzar los tres berretines de! país prometido; el fútbol, el cine y el tango. El eligió bailar tangos, cuando apenas tenía 16 años. Se cayó un anochecer de verano por el club Amanecer, después de practicar toda una tarde con sus amigos, hombres con hombres, pan con pan.

Esa noche supo la verdad del tango: hombres con mujeres. Comida más variada. Después empezó a ir al Sin Rumbo, su patria chica, su pista preferida.

"Por entonces -recuerda con más melancolía que nostalgia-, el único lugar en el que un menor de edad podía bailar era el club del barrio. En los salones del centro o las casitas de tango de Palermo pedían documentos. Yo supe ir, mucho más tarde, al Bonpland y al Palermo Palace, con buenas orquestas todos los días y mujeres para todos los gustos. Pero en los clubes había un ambiente más familiar. Vos bailabas como en una fiesta de casamiento; a veces con una tía o con una prima, o con al­guna amiga de tu hermana, mayor que vos, que te miraba y te miraba. Yo nun­ca fui a las academias, donde se paga­ba para bailar con auténticas Milongui­tas. Recuerdo que había muchas: la Crespo, la Dos Pasos... y otras en Plaza Miserere, de fama dudosa. Pero yo siempre fui un bailarín de barrio, un bailarín sin plata que pisó un cabaret por primera vez ya de grande. Me llevó Copes al Karim, un sitio de lujo, con minas caras. Fue hace quince años. Me llevó para que vieran cómo se bailaba el tango en las viejas milongas. Para ese entonces, yo ya era un tipo bastan­te reconocido entre los entendidos, tenía mucha historia encima. Pero siem­pre con bajo perfil."


FLORES NEGRAS
A los setenta y pi­co, Gerardo Portalea trabaja en la gale­ría nueve del cementerio de General San Martín. La galería nueve es un pasi­llo largo y caluroso del segundo piso, un pasillo lleno de tumbas frescas -gen­te, en su mayoría, muerta en los últimos diez o quince años- y flores de todos los colores que, en la lucha perdida de antemano contra la putrefacción, se van poniendo negras, cada vez más negras.

Desde el fondo de la galería llegan unos compases de orquesta de tango, tal vez Di Sarli. ¿Música de ultratumba? ¿La marcha fúnebre en versión Gran Buenos Aires? No, todo es más sencillo: Portalea tiene la radio clavada en FM Tango. Con su estatura de gran bailarín y cara de malevo de otros tiempos -malevo bueno, ablandado por las co­sas del querer-, este hombre que supo ser uno de los grandes exponentes del tango del cuarenta no se cansa de repe­tir que tiene un buen trabajo, "un flor de trabajo", allí, en la galería nueve, rodeado de leyendas para todas las eda­des y un olor vegetal muy penetrante. La imagen pareciera exasperar la idea que algunos tienen del tango: una cosa muerta, de sepulcro, de polvo sobre polvo.

Pero Portalea le da una vuelta metafí­sica al asunto, como si tuviera en mente los epitafios de Francois Villon a la hora de lustrar lápidas o bailar tangos. "El tango tiene mucha sabiduría. Lo mismo que el Martin Fierro. Puedo asegurar que yo he visto de todo, y en ese libro y en aquellas letras de tango hay gran­des verdades. Si se les prestara un poco más de atención, se viviría de otra ma­nera. Y se sabría que, tarde o temprano, todos terminamos aquí, rodeados de flores como éstas. No hay nada como las letras de tango. Ahí está todo."

LA CONEXION FRESEDO
Para Porta­lea, el tango es, antes que nada, una forma de bailar, con más improvisación que coreografía. Esas letras que él tanto admira ayudan, acompañan y enseñan -"a mí me gustaba bailar con las graba­ciones de Vargas/D'Agostino"-, pero la pasión está en los pies, en el baile. Sin saberlo, Portalea sigue la máxima de Lester Young, que aconsejaba tocar jazz con la letra del standard sobre el que se improvisaba en la cabeza. Una mane­ra de empatía con una atmósfera lírica.

Desde comienzos de los cuarenta hasta el año 1963, cuando se acabaron los bailes del club Chacarita, Portalea no se perdió ni una sola de las milon­gas de esa parte de Buenos Aires que, en cierto modo, le pertenecía. Por esos años trabajaba en una fábrica de vidrios de la que salían los frasquitos de tinta Pelikan y de gomina Fixina. El hombre hacía turnos rotativos, lo que le permitía conocer distintos pliegues de la no­che. Salía a las 12, la pasaba a buscar a su mujer y juntos se perdían en algún club o dancing de la zona. Otras veces, bailaba de tarde, antes de entrar al tra­bajo, como esos locos de las plazas que hablan y giran a cualquier hora del día, sin rendirle cuentas a nadie.

Llegó a organizar él mismo los en­cuentros en el club Sin Rumbo, con dis­cos, porque las orquestas eran caras, y en 1952 se dio el gusto de salir tercero en el concurso de Radio Splendid. El primer premio fue para Virulazo y el segundo para Juan Carlos Copes, nada menos. A Portalea le quedó para siem­pre la doble satisfacción de haber sido superado por dos de los mejores baila­rines argentinos de todos los tiempos y, ya en el plano de los rumores, de saber que para dos miembros del jurado, el suyo había sido el baile más y mejor relacionado con las músicas que se eli­gieron aquella noche. El se movió con "Pampero", por Osvaldo Fresedo, y no le fue nada mal. "A mí siempre me gustó el estilo ele­gante y medio aristocrático de Fresedo. Y nunca fui muy arrabalero. Sí milon­guero de barrio, como el Negro Lavan­dina, Petróleo, Cachirla, Finito y aquel morocho al que le decíamos La Biblia por todo lo que sabía. ¿Cuáles eran sus verdaderos nombres? Yo nunca lo supe. ¿Para qué? Los apodos eran los verda­deros nombres, pero lo mío nunca fue espectacular. No soy un trompo ni vivo haciendo ganchos constantemente. Más aún: creo que el buen bailarín de tango baila sin lucirse mucho. El que entien­de se da cuenta."

Quizás por eso Portalea es el bailarín preferido de Enrique Cadícamo, un clá­sico entre los clásicos, que lo elogia frente a las cámaras de "Sólo tango" en un clip de Melopea, con Litto Nebbia como testigo. Además, Cadícamo lo cita en su "Academia de! gotán", en esa parte que dice: "Academia del gotán / con Gerardo Portalea / que en el tango se florea / dando cátedra al bailar".

No siempre la fama es puro cuento. La de Portalea, que se actualiza algunos fi­nes de semana en el Club Sunderland, se cimienta sobre su innegable talento de bailarín, pero quizá también en el hecho de que, a diferencia de muchos de sus amigos y colegas, él nunca salió del país, por la sencilla razón de que nunca quiso ser profesional. "Conozco a unos cin­cuenta bailarines, algunos milongueros y otros que vienen del folklore o del clási­co, que viven viajando de un país al otro. Si no gastan afuera, pueden volver con buena mosca. Y está bien que lo ha­gan. Yo me alegro por ellos. Antes, las cosas eran muy diferentes. No había ma­nagers serios y se viajaba sin contratos. Después, los muchachos volvían a Bue­nos Aires sin un peso o con menos de lo que les habían prometido. Y encima se enteraban de que acá les habían serru­chado el piso. Pero a mí, lo que siempre me molestó es eso de tener que bailar por contrato. No puedo hacerla. Es ab­surdo. Yo bailo cuando quiero, sin nin­gún compromiso."

Portalea camina más cuadras en una milonga de domingo que todos los otros días de la semana juntos. Vive en­frente del cementerio y en su lugar de trabajo no hay que moverse mucho. Es como si economizara pasos para dar sólo aquellos que tienen un sentido ar­tístico. Toda una estética del espacio. Y una teoría del conocimiento, porque para Portalea, desde una pista de baile se tiene la mejor panorámica de la vida.

El Aleph del tango está en el campo­santo de San Martín: ése es el aspecto under de Portalea, figura para iniciados que, si quieren ser esclarecidos por la palabra zen de un milonguero en retros­pectiva, deben descontar los floridos me­tros de la galería nueve, segundo piso, y preguntar por el alma del suburbio.

Son muchos los aprendices del mun­do entero que, como Robert Duvall, han conocido a Portalea, han charlado con él, han visto su imagen en Tango, bayle nuestro -la película de Zanada- y le han pedido algunos consejos. Des­pués, le han mandado alguna carta, dos o tres líneas de afecto y admiración. Se han rendido ante el arte de un auténti­co bailarín de tangou.

"Yo nunca he dado clase. Sería trai­cionar todo lo que pienso sobre el bai­le. Consejos, sí, a quien quiera escu­charlas. Por ejemplo, al pibe Soto, el de 'Tango x 2'. ¡Qué bien baila! Y pen­sar que hace unos años no sabía nada. Aprendió rápido y ahora le va muy bien. Es el más profesional de todos, el que mejor se mueve en el tema de los viajes y los contratos. A mí me gusta un poco más su hermano, tiene otra postu­ra, más de milonga de club. Pero los dos son excelentes bailarines. Y los norteamericanos o los holandeses que me han venido a ver son muy estudio­sos y serios. Van a las milongas y pa­gan sin chistar. Pero, sabe una cosa, nunca van a bailar como nosotros por­que caminan de otra manera. El tango no es tanto una cuestión de figuras co­mo de saber andar, saber caminar."

PASTILLAS DE TANGO
Dejó de bai­lar en 1963, y así estuvo hasta 1978. Se habían acabado las tangueadas en los clubes. Era el ocaso de los milongueros. Aquellos certámenes de rock and roll de los domingos que los parroquianos mi­raban con más curiosidad que rechazo, fueron desplazando al tango. O quizá fue la gente misma la que perdió interés por el baile abrazado. El mundo se can­só del tango, ya había tenido demasia­do. Los lentos de los 60 y 70 reemplaza­ron una dinámica física por otra.

Portalea creyó que a lo mejor podía vivir sin bailar. Y se equivocó fiero. Co­noció así los bordes inquietantes de la depresión, un dolor que no tenía razo­nes clínicas muy claras. Hasta que dio con un psiquiatra que le recomendó volver al tango. La recuperación fue inmediata. Buena receta la del psiquiatra. "Fue mi remedio, es mi terapia, y por suerte ahora hay milongas por todo Buenos Aires. El baile me alegra, lo siento en todo el cuerpo. Cuando bailo mucho vengo a trabajar contento, con más energías y con más sabiduría. Ya lo dije: al tango hay que entenderlo. Es profundo, una cosa muy seria. Enseña a vivir y a morir."

Pastillas de tango los fines de semana, y la radio con Pugliese o Troilo en las horas del trabajo: Portalea vive con lo necesario, y se lo ve contento. No esconde el orgullo de saberse apreciado y valorado por sus pares. De vez en cuando le hacen alguna entrevista, pero él, siempre amable, no muestra mayor curiosidad por el producto final de aquellas conversaciones. Definitivamente, Portalea no es un hombre mediático. "La otra vez vinieron con unas cámaras de televisión hasta acá. Imagínense. Yo no tengo ningún problema en hablar, siempre y cuando me dejen tiempo para las tumbas." Lo dice sin ironías a la vista, mientras una orquesta suena despacito desde el fondo de la galería nueve.

Miguel Recuerdo

3 comentarios:

  1. Hermosa y anónima historia de un Grande pero anónimo del Tango... a ver que Director se anima para hacer la película... un Bailarin como este se lo merece por Dios!!!

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  2. Que grande que fue Portalea!!

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