5/5/17

La noche fue su Dios y el bandoneón, su hijo

por Ángel Cárdenas


"Siempre quise ser un cantante solista, admiraba profundamente a Oscar Alonso, a Edmundo Rivero, a Charlo y a Carlos Roldán. De chico mi locura era Gardel, lo escu­chaba día y noche. Yo veía que era un cantor completo, además de excelente autor, que cantaba con la misma propiedad las canciones criollas, los tangos y las milongas.
 
"De pibe me las rebuscaba ha­ciendo pequeños papeles en pelí­culas y como en esa época exis­tían los números vivos en las sa­las pasé a integrar el circuito de cines de Clemente Lococo. En aquel tiempo aprendía guitarra, armonía con Ginastera y, sobre todo, cultivaba el cuerpo hacien­do fierros. Yo era patovica y no se conocía ningún cantor de tan­go que fuese fisicoculturista.
 
"Una noche Pichuco me invitó a comer porque se enteró de que había un cantor que empezaba a gustar mucho a la gente. Zita, la musa inspiradora del Gordo, ha­bía cocinado riñoncitos con arroz y recuerdo que yo había comido mucho, tanto que un tipo que estaba sentado a la mesa me dijo: 'Pibe, si vos llegás a cantar como comés, pobre Gardel'.
 
"En la casa del Gordo, ese día, estaban Edmundo Rivero y Al­berto Marino. Canté desde las diez de la noche hasta las cuatro de la mañana. Nunca canté tanto en mi vida. En un momento Rive­ro le dijo a Troilo: 'No se deje escapar a este cantor'. Entonces se acercó Pichuco, que admiraba mucho a Edmundo Rivero, y me dijo: 'Mire, pibe, Rivero me dejó un gran vacío, era un cantor com­pleto, y usted tiene que reempla­zarlo. Yo sé que su berretín es ser solista, pero lo tiene que catapul­tar una orquesta, y como va a llegar de cualquier modo, prefie­ro que sea junto a mí'.
 
"Trabajaba en el teatro con la obra El patio de la morocha; es­taba desconectado de los barrios y grababa en un sello que no fun­cionaba muy bien que se llamaba TK. Pensaba que conmigo iba a levantar. Me preguntó sobre mis condiciones y me dijo: 'Sí, todo muy lindo, pibe, cantaste un mon­tón de temas pero ninguno de mi repertorio'. Yo quería hacer mis temas porque los de él estaban todos bordados. Sur y La última curda por Rivero, La cantina, El patio de la morocha y Che bando­neón por Casal y los demás por Fiorentino. Así fue como lo con­vencí y grabamos Callejón, de Gre­la, que fue un éxito; Vamos, vamos, zaino viejo, de Fernando Tell, que acababa de fallecer; saqué del olvi­do a Caserón de tejas, que en esa época no se cantaba, y grabé La última, que pegó en todo el mundo.
 
"Recuerdo que a veces íbamos a tomar unos vinos a algún bar y lo jorobaba diciéndole: 'Gordo, todo lo hiciste bien, pero fallaste en tres cosas: no haber acompa­ñado a Gardel, no haber com­puesto con Discépolo, ni haber compuesto con Homero Expósi­to'. Yo sabía que Gardel no era contemporáneo de Pichuco, el Gordo lo vio cuando era muy chiquito. 'Mirá', me decía Pichu­co, 'con Discépolo no he com­puesto porque le di Mi tango tris­te y se fue a México a vivir y eso quedó en el olvido'. Después a este tango le puso letra Catunga Contursi. 'Y con el loquito Expó­sito nunca compuse nada por esas cosas de la vida'. Un día fui a Sadaic y le dije a Homero Expósito: 'Mirá, loco, yo limé las asperezas entre vos y Troilo, así que escribí una letra que la voy a estrenar yo'. De esta manera se hizo Te llaman malevo, que fue el título que le puso la gente en una votación.
 
"Una noche le avisé a Pichuco que dejaba la orquesta porque me tenía que ir a Nueva York a cantar junto a Astor Piazzolla y a Enri­que Mono Villegas en el Hotel Waldorf Astoria y de paso no perder la residencia norteameri­cana. El Gordo me miró y me dijo; 'Pero Cardenitas, justo aho­ra que has pegado tan fuerte en la orquesta te vas a ir, me dejás un gran vacío como me dejó Rivero'.
 
"Era increíble, no se enojaba nunca".
 
"Así fue como le recomendé como cantante a Elba Berón. Debutó con la milonga Cachirleando, de Manuel Berón, que era su padre, y Enrique Uzal. Enseguida Troilo le escribió un tango ¿Y a mí qué?, y la gorda lo convirtió en un éxito total.
 
"Al tiempo regresé de los Es­tados Unidos y me incorporé a la orquesta para hacer algunos bai­les. Como Elba se quería ir, le sugerí al Gordo el nombre de Tito Reyes, que cantaba unas milon­gas bárbaras, como las que le gustaban a Pichuco, en la orques­ta de Roberto Caló.
 
"Fuimos a escucharlos a la Richmond de Esmeralda y Troilo me dijo: 'Mirá, pibe, el cantor por ahora no, pero de acá nos vamos a afanar al pianista', que era Os­valdo Berlinghieri. El pianista nuestro, Osvaldo Manzi, se había ido con Osvaldo Pugliese, porque éste estaba guardado a la som­bra. La orquesta de Pugliese to­caba sin él, con un clavel rojo sobre el piano. Pobre Osvaldo, estuvo un año preso por el simple hecho de ser de izquierda.
 
"Teníamos la costumbre de pa­sar las Navidades juntos. Me ha­cía cantar toda la noche, porque le encantaba escuchar. Me acuer­do que una noche estábamos en rueda de amigos tomamos unas copitas y me dijo: 'Venga cantor que le voy a cortar el pelo'.
 
'''No, Gordo, déjese de joder, qué va a cortar', le dije. Me puso una taza en la cabeza y me lo cortó a su gusto.
 
"A Troilo le gustaba mucho cocinar, pero cuando hacía el tuco para los tallarines le ponía el país adentro. Le metía coñac, whisky, hongos, todo lo que tuviese a mano. Así que te comías el tuco con talla­rines y salías en pedo de la casa.
 
"Cuando fuimos a grabar La calesita le pedí hacer un recitado antes del tema. Le gustó la poesía y me dijo: "Qué bien, pibe, dígalo antes de cantar, pero escríbale algo a su compañero Goyeneche porque si no se va a sentir celoso". Le escribí al Polaco otras cuartetas y la verdad que las dijo muy bien.
 
"Otra locura que tenía en esa época eran las pilchas, me hacía trajes combinados, pantalón de un color, saco de otro, y con la tela del pantalón le hacía la tapita del cuello al saco. Apenas me veía el Gordo así vestido me decía: 'Pibe, qué de guita tiene usted'. No sa­bía que yo era medio sastre y que Francisco Fiorentino, que era el que sabía, me los cortaba. Al prin­cipio no le gustaba mucho mi ropa, siempre era distinta de la de los músicos, pero al final terminó aceptándola. La gente al comien­zo también me miraba como sapo de otro pozo, les resultaba extra­ño ver a un patovica vestido de esa manera y encima cantando tangos en la orquesta de Aníbal Troilo. Pero el Gordo después decía en las audiciones de Radio El Mundo: 'Venga, Cardenitas; ahora sale Cárdenas, pone el pe­cho y mata'.
 
"Al cabaret Marabú solían ir mucho los capitalistas del juego y gente medio pesada, amigos de Pichuco. El dueño cerraba las puertas, se quedaban las minas adentro y los tipos consumían champán francés del mejor. Al­gunos eran medio maleantes y cada dos por tres le insistían al propietario '¡Acá tiene que tocar Pichuco!'. Así fue como el Gordo terminó en el cabaret. Ese tipo de público siempre apoyó el tango.
 
"Cuando le traían una letra, se la ponía en la falda, y sin el bandoneón en la mano, se ponía a tararear la melodía. Aníbal Troilo fue artífice del tango cantado.
 
''Lo quería todo el mundo por­que nunca tenía una palabra de más con nadie, antes de hablar mal de alguien prefería callarse la boca. Era respetuoso de la gente de plata y de los que no tenían un mango. Siempre me decía: 'Cardenitas, nunca se aleje del pueblo'.
 
"A nosotros nos gustaba mu­cho la noche, cuando íbamos a comer pedía 'una picadita de ja­món serrano y salame y una baña­dera de vino'. Después por lo general íbamos a los baños tur­cos. Al principio frecuentábamos Colmegna, después nos echaron y pasamos al Hotel Castelar.
 
"Pasábamos por el baño turco y luego por el finlandés, que era con eucaliptos. Muchos, como el Gordo, iban para adelgazar, pero pasábamos el tiempo comiendo sándwiches de jamón crudo, to­mando cerveza y más de una vez terminamos en curda. Cierto día que había tomado mucha cerveza me tiré desnudo a la pileta de Colmegna. Como me había olvi­dado la malla y no había nadie, me metí. Cuando nos vieron los directivos, lo echaron a Pichuco, a mí y a Brunito, un amigo mío de Avellaneda, que vendía whisky fatuo en casa. No volvimos más y comenzamos a ir al Castelar. Allí llegábamos a las siete de la maña­na, luego de terminar las funcio­nes, nos quedábamos durmiendo una siesta larga, y la gente del hotel nos planchaba los trajes y las camisas para poder ir a traba­jar al otro día. Un día me llamó Zita y me preguntó por Pichuco, que llevaba tres días sin ir a la casa. El Gordo se había quedado durmien­do en el Castelar. Otra vez lo llamé yo y Zita me dijo que estaba en la casa de Ciriaco Ortiz. Hablé con la espo­sa de Ciriaco y ella me dijo: 'Mi mari­do no vino a dor­mir, debe estar con ese otro atorrante por ahí'.
 
"Una vez por mes íbamos con Pichuco a Mata­deros a visitar a Américo Manco, que era un tipo de la pesada, que co­mandaba a todos los matarifes de ese barrio. Con esta persona tratábamos de lle­vamos bien porque cada baile traía como a trescientas personas a aplaudir y a hacer lío. Estando allí se me acercó el Gordo y me dijo: 'Vos ya estás metido en el pueblo, ya triunfaste, la gente te quiere, tenés que dejar de andar comiendo con minas en los res­taurantes. Ya hablé con tu papá, así que tenés que casarte'. Al final me casé con Nidia, a quien me presentó Pichuco en una fies­ta. En la casa de Américo siempre pasaba algo. Una vez estábamos dando una serenata con el Gordo y de repente se escuchó el grito de un vecino: 'iPor qué no se van a la reputa que los parió, carajo, dejen dormir!'. Al instante Amé­rico le explicó que éramos noso­tros los que estábamos cantando, y el tipo a los gritos lo cortó: '¡Qué Troilo ni Troilo, ni qué Troilo, ni qué carajo, que se vayan a la puta que los parió igual!'.
 
"Al Gordo nunca se le presentó la oportunidad de viajar con toda la orquesta al exterior, pero mucho interés no tenía, le tiraban mucho las luces de Buenos Aires. Una vez nos invitaron del Japón para que tocásemos allá, pero el emperador Hiroito desistió de la idea porque ima­ginaba que alguno de nosotros 'anda­ba en drogas'. En nuestro lugar fue la orquesta de Juan D'Arienzo, pero sin él, porque le tenía miedo al avión y le agarraba diarrea.
 
"En Sim­plemente Pichuco no le salieron bien las cosas, la obra no había funcio­nado como él que­ría. Estaba decep­cionado y no muy de acuerdo con la idea de trabajar con Horacio Ferrer. Se lo veía deprimido y cansado. A los pocos días lo internaron en el Hospital Italiano. Cuando lo visité e inten­té darle ánimo me dijo: 'No, Car­denitas, ya me quiero morir'.
 
"El Gordo dio todo por la mú­sica y los amigos. La noche fue su Dios y el bandoneón, su hijo. Ya no se le podía pedir más. Cuando cierro los recitales en distintas universidades del mundo siem­pre digo que tengo dos vírgenes que iluminan mi camino: Carlos Gardel y Aníbal Troilo. Ellos son los patriarcas de mi existencia."

Testimonio recogido por Ariel Fontanet – La Maga de Colección N° 10 – Homenaje a Troilo (1995)


Edmundo Rivero: "Hoy se canta de otro modo"

Por Roberto Selles
 
Edmundo Rivero en un bar de la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Cantor de tango (1912-1986) conocido como "La voz esperada" y "El feo que canta lindo". El tema de la poesía lunfarda surgió en un bar de la Avenida Santa Fe. Cuando nos sentamos a la mesa, pedimos el café de ritual. Rivero nos sorprendió preguntándole al mozo si había mate cocido. El hombre asintió. Mientras el cantor vertía el agua caliente sobre el saquito de yerba, nos comentaba:
 
"En pocos boliches tienen mate cocido. Es una lástima. En todos estos sitios tendrían que venderlo. Deberíamos acostumbrarnos a pedir esta infusión criolla en cambio de café".
 
Sí, Rivero es un auténtico criollo. Un hombre que, como lo hace con el mate, ha bebido el cancionero argentino en sus fuentes. Por eso, en el siguiente encuentro -esta vez en el "Viejo Almacén"- soltamos la pregunta con respecto a los cambios que se han operado en la canción ciudadana…
 
-- Usted ha conservado la pureza de nuestras especies musicales, pero también ha cantado a Piazzolla. ¿Qué opina del tango actual?
-- Hay muy pocos o se difunden pocos de ellos.  (Era 1985)
 
-- Estoy de acuerdo con esto último. Sé de muchos autores -y soy uno de ellos- con una gran cantidad de tangos que nadie canta. Pero, ¿cómo ve el tango presente?
-- Los tangos de hoy -al menos, los que he escuchado cantan a la luz de mercurio, al asfalto. No tienen el calor ni el color de la cosa pasada; aquello que cantó Manrique: "Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte" el ubi sunt que anda por tantas viejas letras. Además, hoy se canta de otro modo. Ya los chicos no ven cosas que les embellezcan la vista o el espíritu. Todo está en el paisaje. Mire esos edificios modernos: lisos, cuadrados; cuando antes, la arquitectura estaba poblada de ornamentos. En consecuencia, hoy el tango no se adorna. Además, nuestro género es muy difícil, porque en él es mejor contar que cantar. Lo ideal es hacer las dos cosas y, además, adornar el canto. Esto de los adornos lo introdujo Gardel en el tango cantable.
 
-- Es verdad. Y también Gardel estrenaba tangos continuamente, cosa que ahora, por cierto, no ocurre.
-- Sí, pero así le iba. Tenía que cantar en el exterior porque aquí aplaudían a cualquiera.
 
-- Sí, así fue. Pero hoy en día, los cantores de tevé o tanguerías, además de no interpretar -nuevos tangos, hacen un repertorio "for export", como ahora se dice.
-- Porque los turistas son quienes, generalmente, concurren a esos sitios. Y ése es otro problema. Un obrero, un empleado, no pueden ir a los lugares de tango. ¿Sabe por qué? Porque a causa de los altos costos actuales, es imposible que haya espectáculos baratos.
 
-- De todos modos, sigue habiendo cantores de tango. Aunque muchos de ellos han heredado, lamentablemente, los defectos de los malos intérpretes. Creo que nadie está tan autorizado como usted para opinar cómo se debe cantar, cómo deben hacerlo los nuevos cantores que, en definitiva, son los sucesores del pasado.
-- Como ya dije, es bueno que cuenten y canten. Que tengan su estilo. El cantor debe ser como el pájaro: cada cual canta en su rama.
 
Nos despedimos. Estrechamos la mano tan grande como fraternal del cantor. Tomamos la calle Balcarce hacia el norte. La calle se empecina en retener un pasado de tango. Volvemos la vista hacia la esquina de Independencia… siempre habrá una esquina; allí, en el árbol que ha plantado la devoción del pueblo, Edmundo Rivero sigue cantando en su rama.
 
Sábado 18 de enero de 1986. La tevé nos tira la noticia, que se nos clava en el alma. En la derecha, nos duele el recuerdo de la mano grandota de Edmundo Rivero. Hay un árbol con una rama solitaria.
 
Publicado en "Todo es Historia", de Félix Luna - Septiembre de 1987

1/5/17

Julio Martel... un clavel en el ojal y la humildad en el alma.

La piel del artista se separó del cuerpo... y dejó a la vista a "un hombre"... Sensitivo, humilde, luchador... Amante respetuoso de esa profesión y ese "don que Dios le otorgó"; transitó por el camino de "las luminarias" hasta el momento justo en que él lo creyó necesario... Un día se dio vuelta, cambió de rumbo... y comenzó a vivir en "un anonimato voluntario" sin apartarse de la realidad y de aquellos que tanto lo apreciaron desde siempre...

Julio Martel o Julio Pedro Harispe, según reza su partida de nacimiento, cantó para el gran público hasta que él sintió la necesidad de hacerlo... Sin presiones, sin amenazas, sin insinuaciones... simplemente por "voluntad propia" un día dijo basta y se dedicó a otros menesteres... A partir de ese momento, la gente comenzó a lamentar su ausencia... Dicen, los que bien conocen del tema, que Julio era el único capaz de llenar un recinto con capacidad para cuatro mil o cinco mil personas, sin hacer publicidad… Sólo bastaba que alguien supiese que "el muchacho de Munro" iba a cantar sobre tal o cual escenario y a partir de allí, el delirio, la devoción, las ganas incondicionales de seguirlo hacia donde él fuese…

Su estilo personal se abrochó al gusto popular y logró recibir, en vida, todas las demostraciones de amor, que cualquier artista o cantante desea capitalizar por parte de su público. El "pibe" cantó desde muy chico, tal vez cuando aún ostentaba los pantalones cortos, pero según las investigaciones realizadas y buceando por el interior de su vida su debut profesional se habría realizado el dieciocho de agosto de mil novecientos treinta y nueve en el viejo y desaparecido Cine-Teatro "Magazzine" de Munro...

Según un programa de la época, compartiendo un festival con la típica local "Salmavide" aparece su nombre y apellido real, pero sin la "H"... simplemente como "Arispe" y acompañado por sus guitarristas...

Tiempo después llegó el debut en Radio Fénix, alternando sus actuaciones en clubes, kermeses, cines...En el año mil novecientos cuarenta y uno se convierte por primera vez en vocalista de orquesta, el maestro Juan Giordano lo contrata para cantar con su Típica en las temporadas estívales del Hotel Hurlingham de Mar del PIata, y el resto del año -con toda su fuerza- en los salones del City Hotel de Buenos Aires. Siempre recuerda Julio Martel que su repertorio con Giordano abarcaba todos los ritmos, siendo su interpretación más festejeda "El sombrero", un clásico paso doble...

Llega el año mil novecientos cuarenta y tres... y con él "el pan debajo del brazo"... o mejor dicho, la posibilidad de cantar en un "equipo de primera"... perdón, en una orquesta de primerísima línea... la de Alfredo De Angelis, reemplazando cantores desde el debut de esta orquesta en el año mil novecientos cuarenta en el Dancing Marabú...

El primer tango que grabó con Alfredo De Angelis fue "Qué buena es", tango de Oneca y Ferreiro, también fue el primero de De Angelis... Julio fue aceptado ampliamente en las huestes de esta orquesta y bautizado como Martel, debuta en el palco alto del Café Marzzoto, cantando el tango de Castiñeira y Holgado Barrio, "No creas"... Alberto Príncipe recuerda sobre la discografía de Julio: "Con Alfredo De Angelis, realizó sesenta y tres grabaciones... la última fue en enero de mil novecientos cincuenta y uno... "Tus palabras y la noche" fue la pieza... "Los memoriosos recuerdan que Martel realizó grandes creaciones en la orquesta de Alfredo que no fueron registradas en las placas discográficas, por ejemplo, entre otras: "Qué viejo estoy", "Se lo conté al bandoneón", "Guapo y varón", "Sufre", "Vine a verte" y "Mirándote a los ojos"...

Cada uno de estos temas -y más- fueron "acariciados" por la garganta de Julio en el "Glostora Tango Club", en las emisiones que se podían escuchar por LR1 Radio El Mundo, con un éxito indescriptible... En el año mil novecientos cuarenta y ocho, cantó y estrenó "El ciruja" con una letra totalmente "purificada"; en la misma fecha estrenó y cantó el vals "Pampa y cielo"... pero no lo grabó... Años más tarde y con la orquesta de De Angelis, lo grabó su gran amigo Carlos Dante...

Martel se desvinculó de Alfredo cuando terminaban los bailes de carnaval del año mil novecientos cincuenta y uno, que habían realizado en el Club Gimnasia y Esgrima de La Plata.

En la ocasión, el locutor oficial de la típica, Osvaldo Saludas, presentó al señor Osvaldo Amura, apoderado y representante quien despidió a Martel expresando: "Agradecemos a Julio todo el aporte personal y vocal que ha realizado y que se convirtió en el factor preponderante que logró que la Típica se convirtiese en la más popular y la más vendedora de discos de estos años... En nombre de Alfredo De Angelis, de Carlos Dante y de los músicos, queremos entregarle al cantor y al amigo esta medalla recordatoria..." Julio recibió la medalla con lágrimas en los ojos... y se mostró terriblemente emocionado... Tiempo después, Alfredo le obsequió el equipo amplificador y el micrófono que Julio utilizó en el debut suyo en el Café Marzzoto, para que el cantor lo usara en su etapa de solista...

Cuando a Martel se le pregunta a qué se debe realmente el éxito que ha obtenido esa trilogía De Angelis-Martel-Dante contesta: "Yo creo que es la época en que vivíamos... Era otro Buenos Aires, otra ciudad, otros tiempos. En la década del cuarenta nosotros, más jóvenes, éramos "Nueva Ola"... No existía la televisión y el nexo que teníamos diariamente con el público, era ese maravilloso aparato que se llama radio... Cuando comenzaba el "Glostora Tango Club", a las veinte horas, sentíamos que ingresábamos a cada uno de los hogares de la gente que nos seguía... Era un tema maravilloso, llegábamos a toda la Argentina de norte a sur y de este a oeste... Además cruzábamos las fronteras para instalarnos en los países limítrofes. Te aseguro que cuidábamos hasta el mínimo detalle para que todo salga perfecto... Nos interesaba lo que hacíamos y lo hacíamos desde el alma..."  Mientras que Julio canto con De Angelis, trabajó también en el cine...

En el año mil novecientos cuarenta y ocho, aparece cantando a dúo con Carlos Dante el tema "Pregonera" en el filme "El cantor del pueblo"...

Un año después le otorgan el rol estelar, junto a Graciela Lecube, de "EI Idolo del Tango", donde canta los tangos: "De igual a igual", "Comencé jugando" y "No tiene importancia".

En el año mil novecientos cincuenta y uno y ya como solista, debutó en Santiago de Chile, en "El Rosedal" con descomunal éxito...

Inmediatamente pasó a Viña del Mar, Valparaíso, realizó televisión, radio, bailables, confiterías y… Chile entró en el corazón de Martel y Martel en el del pueblo chileno. Vuelve a la Argentina y celebra un contrato con el viejo Canal 7 de televisión para teatralizar tangos y también le llega un ciclo de audiciones en horario central en Radio Belgrano...

Desde la República Oriental del Uruguay recibe una propuesta (que acepta) para trabajar y grabar con la Orquesta Típica de Puglía-Pedroza en discos Sondor... En el año mil novecientos cincuenta y dos, le ofrecieron colaborar vocalmente junto a Roberto Chanel en la flamante orquesta de Oscar Castagnaro, también típica; actúan en Radio Belgrano, hacen bailes importantísimos pero no llegan a grabar discos...

Al alejarse de Castagnaro, Julio Martel forma su propia orquesta típica con quince músicos dirigida por Américo Podestá, vuelve a realizar bailes y en esta oportunidad graba en el sello Odeón y en el año mil novecientos cincuenta y seis, cuatro temas: "Pobre colombina", "Lechuza", "Por qué no has venido" y "Fueron tres años"...

Con notable éxito realiza un ciclo de audiciones por Radio Argentina durante cinco largos meses y al finalizar ésta, comienza una gira por América... Colombia se convierte en un terreno fértil para el cantante y todo un país lo aplaude de pie. Realiza inmediatamente arreglos con las compañías discográficas, (que se peleaban por contratarlo) y graba temas que ya habían sido éxitos con De Angelis y otros totalmente nuevos,...     

El muchacho tenía frente a sí una carrera promisoria, toda América esperaba que su voz la "acariciase..."

Pero a su regreso ocurre algo inesperado y es el mismo Julio quien lo comenta de esta forma: "Cuando regresé de Colombia ya tenía masticada la idea de abandonar el canto... pero primero quise cumplir con un ciclo de audiciones por Radio Argentina, donde me presentaba los días martes y viernes a las 21 horas, en un auditorio colmado de público... En ese momento le dije a mi madre que iba a largar todo... Recuerdo que tenía diez mil dólares que traje de Colombia, entonces pude comprar una camioneta Ford último modelo y el resto lo invertí en negocios redituables que me permitieron vivir cómodamente hasta el presente... En ese momento diez mil dólares era mucha plata... bueno, ahora tampoco es para despreciar... Te aseguro que me retire de plena conformidad, creí que era el momento justo para decir hasta siempre, para alejarme de ese mundo tan especial donde conocí el halago del triunfo y la popularidad... Aún me quedaba estampa, figura, voz, presencia, como para decir: "me retiro entero"... Y ese público que me estimuló permanentemente en cada lugar que me he presentado, hoy puede escuchar mi voz a través de placas discográficas, sin encontrar defectos, sin decir "está terminado"... Las canciones las grabé en una época donde pude dar lo mejor como intérprete y te aseguro que nunca me arrepentí de la decisión que he tomado como buen vasco que soy dije "no canto más" y no volví a hacerlo...

Igualmente estoy ligado con el ambiente pues la Asociación Argentina de Intérpretes me liquida periódicamente las regalías por la difusión de mis discos con De Angelis o como solista..."

Julio Martel eligió una forma de vida de la cual es responsable absoluto y a la cual hoy sigue aceptando ampliamente... El "hombre del clavel blanco en el ojal" vive con su esposa, y rodeado por sus hijos y nietos en un confortable chalet de Don Torcuato...

Allí, entre la naturaleza viva, su mundo de ayer se dibuja tramo a tramo y a partir de sus redes nace el recuerdo tranquilo de quien trabajó en lo que amó, se retiró con dignidad cuando su corazón se lo dictó y hoy lo rememora con la grandeza que llevan adentro quienes están conformes con ellos mismos...!
 

(Publicado en Los Grandes del Tango-N° 38-Julio de 1991)

Último encuentro con Edmundo Rivero (1ª parte)

Por Roberto Selles

Las charlas que componen el reportaje se realizaron entre octubre y diciembre de 1985. Durante el día 24 de este último mes, Edmundo Rivero sufrió una miocardiopatía que lo obligó a ser internado en el Sanatorio Güemes. Allí falleció el 18 de enero de 1986, a las 10.35 horas

Durante no mucho tiempo nos tratamos con Edmundo Rivero. Nos unió la casualidad de que ocupáramos un sillón en la Academia Porteña del Lunfardo -él en el que está bajo la advocación de Carlos Gardel; yo el que rememora a Dante A. Linyera-. Pero bastó ese breve lapso para que, además del excelente cantor que uno admiró desde la infancia, descubriéramos en él a un ser sencillo y cálido, cordial y generoso.

Edmundo Rivero, cantor argentino de tango, con la orquesta de Aníbal Troilo, Pichuco en una de sus actuaciones, a finales de los años 40 del Siglo XX, nos reporteó alguna vez en su audición radial "Hablando del lunfardo" (Radio Nacional de Argentina). Quisimos devolverle esa deferencia con otro reportaje que, por esas cosas de la vida, no llegó a publicarse. Tarde ya, le pagamos el honor de aquella entrevista radial, querido Edmundo. Esta fue nuestra charla:

Quizás la frase recuerde a Fenimore Cooper. Pero ocurre que Edmundo Rivero es un poco aquel Uncas de “El último de los mohicanos”: es el representante final de una pléyade de cantores a punto de extinguirse. ¿Qué más puede agregarse? Su personalidad, su estilo, su comunicatividad son ya de dominio público.

Don Edmundo va por la calle y todo el mundo lo saluda. Poco importa que no lo conozcan personalmente; lo ven por primera vez y darle los buenos días se convierte en una necesidad -él responde cordialmente-, porque este hombre ha pasado a ser patrimonio del pueblo, parte del pueblo mismo.

En definitiva, sienten que él expresa lo que ellos quisieran decir y terminan por creer que Edmundo Rivero no es una persona sino la voz de una ciudad. Nosotros también lo creemos. Y no preguntamos. Dejamos que la voz hable:

Pompeya y más allá la inundación

-- Nací bajo el mismo cielo al que tantas veces he cantado con versos de Homero Manzi; el de Pompeya y más allá la inundación. Fue el 8 de junio de 1911, a unas cuadras de la iglesia de Nueva Pompeya; del paredón del Sur, que todavía queda en la calle Esquiú; junto al puente del Ferrocarril Belgrano, que entonces se llamaba Midland, exactamente en la estación Puente Alsina, de la cual mi padre era jefe. ¡Quién iba a decirme que 37 años más tarde iría a tocarme estrenar el tango que habla del paisaje que me vio nacer!

-- Y con el cual se lo ha identificado desde entonces. A propósito, ¿cuándo entran en su vida el canto y la guitarra?
-- En mi niñez, porque los chicos tratan de imitar a sus padres. Los míos -Máximo Aníbal Camilo Rivero y Juana Anselma Duró- cantaban, y de ellos aprendí las primeras canciones que entoné. Mucho después llevé algunos de esos cantares al disco. Por ejemplo, mi madre me enseñó Milonga en negro, escrita o recreada por el payador Higinio Cazón...

-- Y qué tiene su antecedente en algún poema de Quevedo
-- Sí, no sé si Cazón habrá leído a ese poeta del siglo de oro. Como le decía, de mi padre aprendí China hereje, un vals de otro payador, Juan Pedro López. También a mi abuela le gustaba cantar. Recuerdo haberle oído varios tangos y milongas del siglo pasado.  Aun no he olvidado aquellas viejas coplas: "Dicen que no caben dos / en la cocina / haremos la prueba/ con Juan y Josefina" o "Por la Calle Larga / de la Recoleta / iban muchos negros/ con tamaña jeta" o bien "!Vamos al prado / que hay mucho que ver:/ hombres a caballo,/ mujeres a pie". Más adelante, mi tío Alberto –que integraba un trío de tangos- me enseñó a pulsar la guitarra y me pasó las notas del Pericón Nacional. En tercero o cuarto grado, llevaba mi guitarra al colegio para algún acto escolar, y a la salida cantaba por milonga algunas sextinas del Martín Fierro para mis compañeros.

Primer sueldo: un pescado

-- ¿Y en su juventud?
-- Formé un dúo con mi hermana Lidia Eva. Más tarde, en 1929, llegué a la radio junto a mi hermano Aníbal, con quien también cantábamos a dúo. En aquel repertorio teníamos cosas como "La yegüecita" o "Mírala como se va", que acompañábamos con nuestras guitarras. El primer sueldo que cobré en la radio fue producto de un trueque entre la emisora –broadcasting se le decía entonces- y una casa anunciadora: ¡un pescado!... aunque a elegir entre pejerrey y merluza.

-- ¿Cuántos hermanos son ustedes?
-- Los que le he mencionado y yo, con la curiosidad de que mi madre nos dio, nombres extraídos de los libros que leía. Aníbal -el mayor- debe el suyo al antiguo conquistador y no, como podrá creerse, a mi padre que también lo llevaba; Lidia Eva -la menor- a la región griega de Lidia, escenario de alguna obra literaria; yo, al Edmundo Dantés de “El conde de Montecristo”. Mi otro nombre, Leonel, recuerda en cambio a mi bisabuelo inglés, mister Lionel Walton, qué murió lanceado por los pampas.

Los maestros

-- Edmundo Rivero, cantor argentino de tango, con el maestro Horacio Salgán y su orquesta ¿Quiénes han influido en su estilo interpretativo?
-- El canto es una manifestación emocional congénita. Por supuesto, nadie, está a salvo de las influencias. En ese aspecto, mi formación se debe a mis padres, mis tíos y los payadores e improvisadores -que son dos cosas diferentes- qué escuché.

-- ¿Y a Gardel?
-- Aunque, fue el creador del canto tanguero, puedo decir que Gardel no me ha influido. Lo escuchaba en aquellas viejas radios a galena y me gustaba mucho, pero yo estaba en otra cosa. Todavía no cantaba tangos sino canciones sureñas: milongas, estilos, vidalitas y esas cosas. En cambio, sí aprendí mucho de la ópera, del lied. Ocurre que cuando uno conoce a Schubert o Beethoven o Rossini o Wagner, a los grandes músicos, puede volcar esos conocimientos en el tango.

El cantor de tangos

-- Ya que tocamos el tema, Rivero, ¿cuándo aparece el tango en su vida?
-- Hacia 1935...

-- Vale decir que perdimos a Gardel y ganamos a Rivero...¿Y cómo la cosa?
-- Hermelinda De Caro me conectó con José de Caro –ambos hermanos de Julio y Francisco-. Así debuté cantando tangos en la agrupación de José de Caro. Dos años más tarde, pasé a la orquesta de Don Julio. No duró mucho. El público paraba de bailar para prestarme oídos y eso a de Caro no le gustó nada. En conclusión, me quedé sin trabajo.

-- Bueno, pero lo importante es que la gente dejaba de bailar para escuchar a un buen cantor. Eso debe haberlo alentado
-- Sí. Y ya nomás estaba cantando con Humberto Canaro -el hermano de Francisco Canaro y autor de "Gloria". Tras lo cual abandoné el canto por varios años: nadie quería contratarme y aun llegaron a decirme que con una voz tan “gruesa” debería estar enfermo de la garganta.  Hasta que en el cuarenta y pico, casi de casualidad, entoné un par de canciones en radio La Voz del Aire. También de casualidad me oyó Horacio Salgán y me contrató.

-- Después vino "Pichuco", ¿no?
-- Así es. Nos acercó Carlos de la Púa. El encuentro fue en un boliche. ¿Sabe que yo desenfundé la viola, canté algún tango, después se animó Troilo -que, aunque tenía voz ronca. era muy afinado- y nos olvidábamos del asunto que nos había reunido?.. Fue recién a altas horas de la madrugada cuando el gordo lo recordó. El 29 de abril de 1947 grabamos nuestro primer tango en colaboración: El milagro, de Pontier y Expósito.

El tango Sur

-- Dígame, Rivero, cuando usted grabó esa joya de la discografía tanguera que es "Sur" con la orquesta de Troilo, modificó algunas palabras de la letra ¿no es así?
-- Sí, cambié florando por flotando. ¡Qué hermoso término, florando! Lo que pasa es que cuando comencé a cantarlo, el público no comprendía el significado de ese verbo; me preguntaban qué quería decir. Entonces, con el consentimiento de Manzi, lo reemplacé por flotando. También en la segunda parte hice un cambio: troqué “y mi amor y tu ventana” por “y mi amor en tu ventana”. Por supuesto, Homero estuvo de acuerdo.
Ponga esto: en la historia de la música, el cantor popular está autorizado a agregar algo de su personalidad a letras y melodías, a fin de identificarse con ellas, siempre y cuando no cambie el sentido ni el contenido del texto. Esto último suele ocurrir, en lo instrumental, con muchos músicos modernos que desvirtúan las melodías. Se puede hacer mil variaciones, pero luego de tocar la obra original.

El cantor nacional

-- Sí, muchas cosas han cambiado en el tango. Algunas, para bien, otras, para mal. A propósito, usted es el último de los llamados "cantores nacionales", es decir los que además de tangos interpretaban el cancionero provinciano. Entre las mujeres sigue haciendo lo propio Nelly Omar. ¿Por qué se ha perdido el cantor nacional?
-- Todo se debe a la forma de vida, a los cambios operados en la ciudad. Antes, los barrios estaban cerca del campo. Por eso mis padres cantaban canciones camperas, no tangos.  Además, todavía se podía oír a los payadores -yo acompañé a algunos de ellos con mi guitarra-. Para entonces solía escuchar tangos en la radio, pero no para practicar ese género; eso vino después. En aquella época, me interesaba sobre todo la música sureña: décimas, largos relatos gauchos, algunos de los cuales llegaban a durar hasta 25 minutos.

-- ¿No cree que el auge de la orquesta típica en los años 40 contribuyó a esa pérdida?
-- Es posible. Si bien entonces había cantores nacionales, los que pasaban a las orquestas no interpretaban ya el repertorio campesino.

La milonga

--Usted es uno de los pocos que han conservado la índole de la milonga. Podría arriesgar otros contados nombres, como el de Rosita Quiroga o el de un Gardel anterior a la década del 30
-- Es que yo he conocido las viejas milongas, como aquellas que cantaba mi abuela y otros parientes, ya que tengo la suerte de que casi todos mis antepasados eran criollos. Ella, mi abuela, era de mil ochocientos y tantos, así que conocía bien el origen, sin haberlo estudiado, que por otra parte, a nadie se le habría ocurrido, entonces, haber escrito sobre aquellos incipientes géneros musicales. Las había aprendido de oírlas cantar por las calles. Esas coplas eran todas cuartetas y algunas, muy picarescas, como la de Juan y Josefina que ya le dije. Pero usted se refiere a la autenticidad...

-- Sí. La vieja milonga de los guitarreros no tenía ritmo de habanera. Eso lo agregaron músicos como Hargreaves que las escribieron para piano y luego quedó fijado en las milongas de Sebastián Piana y en la posterior milonga orquestal.
-- Es muy cierto. Yo todavía hago la milonga clásica, aquella que nació en el arrabal, que era el límite entre el campo y la ciudad, y luego se extendió a ellos. Y también la uruguaya, que es diferente a la nuestra. (Entona el ritmo de la milonga uruguaya, que comienza en el alevare).

-- Usted se refirió a las milongas picarescas, ¿y los viejos tangos?
-- ¡Cuantos títulos descarados! Muchos de ellos se modificaron luego para las partituras, como los que vinieron a llamarse "Cara sucia" o "La cara de la luna". Pero hubo casos en que el título original quedó, aunque disimulado en las ilustraciones de las carátulas de las ediciones. Por ejemplo, uno titulado "Dos sin sacar", en la tapa de cuya partitura un avispado artista había dibujado una escena de baile con dos muchachas sentadas, es decir, "dos sin sacar", sin sacar a bailar.

(Hasta aquí la primera parte de la larga charla de Roberto Selles con Edmundo Rivero).
 
Publicado en "Todo es Historia", de Félix Luna - Septiembre de 1987