5/5/17

La noche fue su Dios y el bandoneón, su hijo

por Ángel Cárdenas


"Siempre quise ser un cantante solista, admiraba profundamente a Oscar Alonso, a Edmundo Rivero, a Charlo y a Carlos Roldán. De chico mi locura era Gardel, lo escu­chaba día y noche. Yo veía que era un cantor completo, además de excelente autor, que cantaba con la misma propiedad las canciones criollas, los tangos y las milongas.
 
"De pibe me las rebuscaba ha­ciendo pequeños papeles en pelí­culas y como en esa época exis­tían los números vivos en las sa­las pasé a integrar el circuito de cines de Clemente Lococo. En aquel tiempo aprendía guitarra, armonía con Ginastera y, sobre todo, cultivaba el cuerpo hacien­do fierros. Yo era patovica y no se conocía ningún cantor de tan­go que fuese fisicoculturista.
 
"Una noche Pichuco me invitó a comer porque se enteró de que había un cantor que empezaba a gustar mucho a la gente. Zita, la musa inspiradora del Gordo, ha­bía cocinado riñoncitos con arroz y recuerdo que yo había comido mucho, tanto que un tipo que estaba sentado a la mesa me dijo: 'Pibe, si vos llegás a cantar como comés, pobre Gardel'.
 
"En la casa del Gordo, ese día, estaban Edmundo Rivero y Al­berto Marino. Canté desde las diez de la noche hasta las cuatro de la mañana. Nunca canté tanto en mi vida. En un momento Rive­ro le dijo a Troilo: 'No se deje escapar a este cantor'. Entonces se acercó Pichuco, que admiraba mucho a Edmundo Rivero, y me dijo: 'Mire, pibe, Rivero me dejó un gran vacío, era un cantor com­pleto, y usted tiene que reempla­zarlo. Yo sé que su berretín es ser solista, pero lo tiene que catapul­tar una orquesta, y como va a llegar de cualquier modo, prefie­ro que sea junto a mí'.
 
"Trabajaba en el teatro con la obra El patio de la morocha; es­taba desconectado de los barrios y grababa en un sello que no fun­cionaba muy bien que se llamaba TK. Pensaba que conmigo iba a levantar. Me preguntó sobre mis condiciones y me dijo: 'Sí, todo muy lindo, pibe, cantaste un mon­tón de temas pero ninguno de mi repertorio'. Yo quería hacer mis temas porque los de él estaban todos bordados. Sur y La última curda por Rivero, La cantina, El patio de la morocha y Che bando­neón por Casal y los demás por Fiorentino. Así fue como lo con­vencí y grabamos Callejón, de Gre­la, que fue un éxito; Vamos, vamos, zaino viejo, de Fernando Tell, que acababa de fallecer; saqué del olvi­do a Caserón de tejas, que en esa época no se cantaba, y grabé La última, que pegó en todo el mundo.
 
"Recuerdo que a veces íbamos a tomar unos vinos a algún bar y lo jorobaba diciéndole: 'Gordo, todo lo hiciste bien, pero fallaste en tres cosas: no haber acompa­ñado a Gardel, no haber com­puesto con Discépolo, ni haber compuesto con Homero Expósi­to'. Yo sabía que Gardel no era contemporáneo de Pichuco, el Gordo lo vio cuando era muy chiquito. 'Mirá', me decía Pichu­co, 'con Discépolo no he com­puesto porque le di Mi tango tris­te y se fue a México a vivir y eso quedó en el olvido'. Después a este tango le puso letra Catunga Contursi. 'Y con el loquito Expó­sito nunca compuse nada por esas cosas de la vida'. Un día fui a Sadaic y le dije a Homero Expósito: 'Mirá, loco, yo limé las asperezas entre vos y Troilo, así que escribí una letra que la voy a estrenar yo'. De esta manera se hizo Te llaman malevo, que fue el título que le puso la gente en una votación.
 
"Una noche le avisé a Pichuco que dejaba la orquesta porque me tenía que ir a Nueva York a cantar junto a Astor Piazzolla y a Enri­que Mono Villegas en el Hotel Waldorf Astoria y de paso no perder la residencia norteameri­cana. El Gordo me miró y me dijo; 'Pero Cardenitas, justo aho­ra que has pegado tan fuerte en la orquesta te vas a ir, me dejás un gran vacío como me dejó Rivero'.
 
"Era increíble, no se enojaba nunca".
 
"Así fue como le recomendé como cantante a Elba Berón. Debutó con la milonga Cachirleando, de Manuel Berón, que era su padre, y Enrique Uzal. Enseguida Troilo le escribió un tango ¿Y a mí qué?, y la gorda lo convirtió en un éxito total.
 
"Al tiempo regresé de los Es­tados Unidos y me incorporé a la orquesta para hacer algunos bai­les. Como Elba se quería ir, le sugerí al Gordo el nombre de Tito Reyes, que cantaba unas milon­gas bárbaras, como las que le gustaban a Pichuco, en la orques­ta de Roberto Caló.
 
"Fuimos a escucharlos a la Richmond de Esmeralda y Troilo me dijo: 'Mirá, pibe, el cantor por ahora no, pero de acá nos vamos a afanar al pianista', que era Os­valdo Berlinghieri. El pianista nuestro, Osvaldo Manzi, se había ido con Osvaldo Pugliese, porque éste estaba guardado a la som­bra. La orquesta de Pugliese to­caba sin él, con un clavel rojo sobre el piano. Pobre Osvaldo, estuvo un año preso por el simple hecho de ser de izquierda.
 
"Teníamos la costumbre de pa­sar las Navidades juntos. Me ha­cía cantar toda la noche, porque le encantaba escuchar. Me acuer­do que una noche estábamos en rueda de amigos tomamos unas copitas y me dijo: 'Venga cantor que le voy a cortar el pelo'.
 
'''No, Gordo, déjese de joder, qué va a cortar', le dije. Me puso una taza en la cabeza y me lo cortó a su gusto.
 
"A Troilo le gustaba mucho cocinar, pero cuando hacía el tuco para los tallarines le ponía el país adentro. Le metía coñac, whisky, hongos, todo lo que tuviese a mano. Así que te comías el tuco con talla­rines y salías en pedo de la casa.
 
"Cuando fuimos a grabar La calesita le pedí hacer un recitado antes del tema. Le gustó la poesía y me dijo: "Qué bien, pibe, dígalo antes de cantar, pero escríbale algo a su compañero Goyeneche porque si no se va a sentir celoso". Le escribí al Polaco otras cuartetas y la verdad que las dijo muy bien.
 
"Otra locura que tenía en esa época eran las pilchas, me hacía trajes combinados, pantalón de un color, saco de otro, y con la tela del pantalón le hacía la tapita del cuello al saco. Apenas me veía el Gordo así vestido me decía: 'Pibe, qué de guita tiene usted'. No sa­bía que yo era medio sastre y que Francisco Fiorentino, que era el que sabía, me los cortaba. Al prin­cipio no le gustaba mucho mi ropa, siempre era distinta de la de los músicos, pero al final terminó aceptándola. La gente al comien­zo también me miraba como sapo de otro pozo, les resultaba extra­ño ver a un patovica vestido de esa manera y encima cantando tangos en la orquesta de Aníbal Troilo. Pero el Gordo después decía en las audiciones de Radio El Mundo: 'Venga, Cardenitas; ahora sale Cárdenas, pone el pe­cho y mata'.
 
"Al cabaret Marabú solían ir mucho los capitalistas del juego y gente medio pesada, amigos de Pichuco. El dueño cerraba las puertas, se quedaban las minas adentro y los tipos consumían champán francés del mejor. Al­gunos eran medio maleantes y cada dos por tres le insistían al propietario '¡Acá tiene que tocar Pichuco!'. Así fue como el Gordo terminó en el cabaret. Ese tipo de público siempre apoyó el tango.
 
"Cuando le traían una letra, se la ponía en la falda, y sin el bandoneón en la mano, se ponía a tararear la melodía. Aníbal Troilo fue artífice del tango cantado.
 
''Lo quería todo el mundo por­que nunca tenía una palabra de más con nadie, antes de hablar mal de alguien prefería callarse la boca. Era respetuoso de la gente de plata y de los que no tenían un mango. Siempre me decía: 'Cardenitas, nunca se aleje del pueblo'.
 
"A nosotros nos gustaba mu­cho la noche, cuando íbamos a comer pedía 'una picadita de ja­món serrano y salame y una baña­dera de vino'. Después por lo general íbamos a los baños tur­cos. Al principio frecuentábamos Colmegna, después nos echaron y pasamos al Hotel Castelar.
 
"Pasábamos por el baño turco y luego por el finlandés, que era con eucaliptos. Muchos, como el Gordo, iban para adelgazar, pero pasábamos el tiempo comiendo sándwiches de jamón crudo, to­mando cerveza y más de una vez terminamos en curda. Cierto día que había tomado mucha cerveza me tiré desnudo a la pileta de Colmegna. Como me había olvi­dado la malla y no había nadie, me metí. Cuando nos vieron los directivos, lo echaron a Pichuco, a mí y a Brunito, un amigo mío de Avellaneda, que vendía whisky fatuo en casa. No volvimos más y comenzamos a ir al Castelar. Allí llegábamos a las siete de la maña­na, luego de terminar las funcio­nes, nos quedábamos durmiendo una siesta larga, y la gente del hotel nos planchaba los trajes y las camisas para poder ir a traba­jar al otro día. Un día me llamó Zita y me preguntó por Pichuco, que llevaba tres días sin ir a la casa. El Gordo se había quedado durmien­do en el Castelar. Otra vez lo llamé yo y Zita me dijo que estaba en la casa de Ciriaco Ortiz. Hablé con la espo­sa de Ciriaco y ella me dijo: 'Mi mari­do no vino a dor­mir, debe estar con ese otro atorrante por ahí'.
 
"Una vez por mes íbamos con Pichuco a Mata­deros a visitar a Américo Manco, que era un tipo de la pesada, que co­mandaba a todos los matarifes de ese barrio. Con esta persona tratábamos de lle­vamos bien porque cada baile traía como a trescientas personas a aplaudir y a hacer lío. Estando allí se me acercó el Gordo y me dijo: 'Vos ya estás metido en el pueblo, ya triunfaste, la gente te quiere, tenés que dejar de andar comiendo con minas en los res­taurantes. Ya hablé con tu papá, así que tenés que casarte'. Al final me casé con Nidia, a quien me presentó Pichuco en una fies­ta. En la casa de Américo siempre pasaba algo. Una vez estábamos dando una serenata con el Gordo y de repente se escuchó el grito de un vecino: 'iPor qué no se van a la reputa que los parió, carajo, dejen dormir!'. Al instante Amé­rico le explicó que éramos noso­tros los que estábamos cantando, y el tipo a los gritos lo cortó: '¡Qué Troilo ni Troilo, ni qué Troilo, ni qué carajo, que se vayan a la puta que los parió igual!'.
 
"Al Gordo nunca se le presentó la oportunidad de viajar con toda la orquesta al exterior, pero mucho interés no tenía, le tiraban mucho las luces de Buenos Aires. Una vez nos invitaron del Japón para que tocásemos allá, pero el emperador Hiroito desistió de la idea porque ima­ginaba que alguno de nosotros 'anda­ba en drogas'. En nuestro lugar fue la orquesta de Juan D'Arienzo, pero sin él, porque le tenía miedo al avión y le agarraba diarrea.
 
"En Sim­plemente Pichuco no le salieron bien las cosas, la obra no había funcio­nado como él que­ría. Estaba decep­cionado y no muy de acuerdo con la idea de trabajar con Horacio Ferrer. Se lo veía deprimido y cansado. A los pocos días lo internaron en el Hospital Italiano. Cuando lo visité e inten­té darle ánimo me dijo: 'No, Car­denitas, ya me quiero morir'.
 
"El Gordo dio todo por la mú­sica y los amigos. La noche fue su Dios y el bandoneón, su hijo. Ya no se le podía pedir más. Cuando cierro los recitales en distintas universidades del mundo siem­pre digo que tengo dos vírgenes que iluminan mi camino: Carlos Gardel y Aníbal Troilo. Ellos son los patriarcas de mi existencia."

Testimonio recogido por Ariel Fontanet – La Maga de Colección N° 10 – Homenaje a Troilo (1995)


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