El
23 de diciembre de 1951 moría en Buenos Aires Enrique Santos Discépolo, el gran
poeta del tango, autor de Cambalache, Yira… Yira…, Cafetín de Buenos Aires y
Uno. Su compañera Tania así lo recordaba en estas líneas, publicadas en el
diario La Opinión Cultural el 17 de diciembre de 1972.
Fuente:
Diario La Opinión Cultural, domingo 17 de diciembre de 1972.
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Un
día, Razzano lo encontró a Enrique Santos Discépolo en el restaurante El
Tropezón. Discepolín iba allí a cenar con los cerebros de la época y no tenía
nada que ver con el cabaret, pero Razzano lo convenció para que fuera al teatro
a ver a la "gallega que canta Esta noche me emborracho". Ese tango lo
había estrenado Azucena Maizani, no yo, como cree mucha gente.
Una
noche fue a verme con un grupo de amigos. Al terminar el espectáculo, me lo
presentaron. A mí me daba lo mismo Discépolo, Razzano, Fresedo, qué sé yo, en
esa época estaba en otra onda. Yo iba al hipódromo, a las carreras, me
importaba ver qué vestidos y qué alhajas me ponía, qué coche usaba. Pero esa
noche, Discépolo me invitó a verlo actuar en un sainete que estaba haciendo con
su hermano Armando. Yo no le di mucho corte, lo único que podía sacudirme
entonces era un galán o algo así.
Me
decían: "Este es el autor de Esta noche me emborracho, el hermano del gran
dramaturgo Armando Discépolo". A mí no me iba ni me venía. Sin embargo, él
era un hombre que atrapaba a la gente por sus maneras, por su forma de ser.
Recuerdo que me dijo como veinte veces "no se moleste por mí". A mí
me pareció una falta de educación irme, así que dejé que me invitara. Me dio un
palco y lo fui a ver. Sí, me pareció buen actor. Entré a saludarlo y me invitó
a cenar en El Tropezón. Creo que fui dos veces a charlar con él pero me aburrí
mucho. Estaba rodeado de gente. Eran todos cráneos y yo no entendía nada de lo
que hablaban. Un día me mandó una caja de marrons glacé. Eso me conmovió mucho,
entonces fui yo quien lo invitó a tomar un té al Richmond, que era donde iba la
gente de mundo de la época. "Cómo no", me contestó. A mí me parecía
un muchacho fino, elegante, distinto a la gente que conocía yo, que era muy
rica pero con otro estilo.
Salimos
uno y otro día. Creo que fui yo quien lo conquistó a él. Se fue dejando conquistar
de a poco. En esos días yo me estaba separando de mi marido. Fue una cosa sin
peleas, sin líos, hicimos una separación legal y él se fue a España. Creo que
la aparición de Enrique precipitó todo. Mi vida empezó cuando lo conocí a
Discépolo. Entonces nací.
Recuerdo
que fui yo la que se declaró. Le dije: "¿Por qué no salimos? Yo tengo
coche". Él me contestó: "Yo no, yo soy pobre". Tuve que decirle
que yo tenía coche pero no era rica. Ahora me resulta absurdo; salíamos con mis
amigas, todos juntos.
Paseábamos
por Palermo. Yo era más atrevida o más audaz que él. Íbamos acá, allá, a cenar,
todo fue tan lindo… Un día me dijo: "Encontré un departamento precioso".
Era un bulín frente a El Tropezón. Por entonces yo vivía en un piso en Uruguay
casi Corrientes. El cambio para él fue un poco trágico. Para mí no tanto porque
me quedaba sola en un piso, le había dicho chau a mi marido y quedaba libre.
Pero para él era casi trágico, porque vivía con Armando, que era como un padre
para él. También vivían allí otra hermana y el cuñado. Un día Enrique sacó un
par de zapatillas y un pijama, otro día la máquina de escribir, otro día decide
que no va a volver allí. Así que tuvieron unas discusiones momentáneas. Eso lo
amargó bastante.
Lo
primero que se llevó fue un armonium que usaba para dar serenatas con
Filiberto, Riganelli y otros. En la casa teníamos cuatro muebles locos.
Entonces llegó mi hermana de Europa y se vino a vivir con nosotros. Yo dejé de
trabajar porque mi vida había cambiado. A él no le caía bien que yo siguiera en
el cabaret, así que aprovechamos que se me habían presentado algunas giras con
un trío de tangos.
Le
cuento mi vida con Discépolo, o su vida, porque en verdad yo no existía sin él.
Él trabajaba con su hermano, pero no quería salir de gira. Siempre yo ganaba un
poco más que Enrique y así se compensaba todo. Él era muy él. La gente suele
decir que yo lo dominaba. No es cierto, a Discépolo no lo dominaba nadie. Tenía
una paz que daba la sensación, que era yo la que lo dominaba, pero no.
Yo
nunca creí que un hombre me iba a decir: "Mirá, me voy a caminar por
Corrientes, pero solo". O también: "¿Por qué no te vas con un amigo o
una amiga y venís tarde que quiero escribir?". Siempre quería estar solo.
Después era más fácil, porque compramos una casa en La Lucila y tenía todo el
país para él.
Era
un descontento. Él leía una obra de teatro suya y le decían "¡Qué bien!",
y luego, al día siguiente, la rompía. Le costaba mucho escribir. Yira... yira... le
llevó dos años.
En
el teatro Argentino hizo con su hermano Armando y con Faust Rocha, Fin de
jornada, Lluvia, El grillo. Yo seguía cantando tangos y la Tania española había
quedado atrás.
Enrique
era una caja de sorpresas. A veces se aparecía con varios amigos, sin avisar
nada, pero no me permitía que pusiera mala cara. Imagínese usted a la
chiquilina caprichosa que era yo, acostumbrada a hacer lo que quiere, frente a
tales circunstancias. Yo tengo que haberlo querido mucho porque si no, cómo
resigné mis idas a bailar a Olivos, mi farras, por un tipo que era todo lo
contrario a mí. ¿Cómo pude pasar del gran jolgorio a las charlas intelectuales?
Sí, lo quería mucho.
Recuerdo
que él escribía las letras de sus tangos una y otra vez. Se paseaba por la
habitación y me las leía, después casi siempre las destruía. Los únicos tangos
que escribió rápidamente fueron Cafetín de Buenos Aires y Uno, porque íbamos a
debutar en el teatro Casino y no teníamos tangos, además había que hacer una
película y necesitaban Cafetín de Buenos Aires. Entonces los escribió en tres o
cuatro meses. Para él, eso era una velocidad increíble.
Nunca
se le dio por escribir prosa. Yo no sé por qué. Él podía estar horas hablando y
fascinando a todo el mundo. Alain Delon no hubiera tenido nada que hacer en una
reunión donde estuviera Discépolo. Por ejemplo: llegamos a París, conocíamos a
tres personas y al mes ya estábamos rodeados de tanta gente que era increíble.
Un
día me dijo: "¿Sabés qué me gustaría ser? Linyera, para no hacer nada".
Ahora, él hubiera sido hippie, para ir por los caminos sin que nadie lo
moleste, sin hacer nada.
Yo
lo llamaba "Don Fulgencio". Parecía que nunca hubiera tenido
infancia. Cuando fuimos a la casa de La Lucila, él se compró un mameluco
jardinero y estaba todo el día con la manguera y las plantitas. Muchos dicen
que si viviera, estaría lleno de plata. ¡Qué equivocados están! No tendría un
peso, porque no le gustaba trabajar. Decía: "Yo tengo una mujer preciosa,
tengo un gato, una casa muy bien puesta y hasta personal de servicio. ¿Qué más
quiero?".
El
gato se llamaba Morris. Era un gato reo, reo, negro, grande, que llegó un día a
la casa, perdido. Le dijo: "Te voy a poner Morris porque sos inglesito".
Era un gato de albañal que se peleaba por ahí y venía todo lastimado.
Enrique
tenía su piso de arriba en la La Lucila, con vista al río, donde trabajaba en
sus cosas. Todos los días a las siete de la tarde, cuando se ponía a trabajar
el gato subía la escalera, entraba y saltaba al escritorio. Él no le permitía a
nadie tocarle los papeles pero Morris se desparramaba por encima, arrugaba todo
y recibía sonrisas. El gato no se daba con nadie. Hablaba con él, lo seguía por el jardín, ocupaba un
sillón de raso que yo quería mucho. Un día, cuando lo vi en el sillón, le dije:
"¿A vos te parece que el gato puede estar allí, todo sucio como anda,
sobre ese sillón de raso blanco maravilloso?" Él me contestó: "Hay
tantos que se sientan en ese sillón y que no lo merecen. Dejá que se siente el
gato".
Un
día íbamos para La Lucila en el auto y él ve un tipo durmiendo en un zaguán.
Frenó, se bajó, se sacó el sobretodo y se lo puso encima, encima del tipo. Yo
le dije: "¿Cómo le das el sobretodo?" y él me responde: "¿Sábes
los sobretodos que me van a dar mañana cuando salga, aunque no tenga plata? En
la sastrerías me quieren mucho". Otra vez le di diez pesos a un pobre y él
me sacó la mano y le dio mil pesos. Yo puse el grito en el cielo, pero Enrique
me dijo: "¿Qué iba a hacer el pobre tipo con diez mangos? Con mil tal vez
puede solucionar algo". Yo me tuve que ir haciendo a ese estilo.
Su
único defecto fue creer demasiado en la gente. Pero contra lo que dicen muchos,
él no tenía nada que ver con esa angustia que había en sus tangos. El lo dijo
veinte veces. Con Chorra, por ejemplo, me contaba que conoció a un tipo al que
le habían hecho eso: un tipo de un mercadito, que se enamoró de una mina, qué
sé yo.
Me contó una vez que él había tenido una novia de la que estaba muy enamorado. Un día decidieron suicidarse en el río. Llovía mucho y Enrique fue a esperarla a la costanera para tirarse juntos al río. De pronto ella llega en un taxi, baja y Enrique ve que se había puesto un perramus y tenía un paraguas. Entonces le dijo: "Yo te espero debajo de la lluvia y vos te venís así, toda tapada; rajá, no merecés ni suicidarte".
Me contó una vez que él había tenido una novia de la que estaba muy enamorado. Un día decidieron suicidarse en el río. Llovía mucho y Enrique fue a esperarla a la costanera para tirarse juntos al río. De pronto ella llega en un taxi, baja y Enrique ve que se había puesto un perramus y tenía un paraguas. Entonces le dijo: "Yo te espero debajo de la lluvia y vos te venís así, toda tapada; rajá, no merecés ni suicidarte".
En
la casa de La Lucila había un cuadro, una pintura muy linda en la que yo
aparecía muy hermosa mirando hacia la puerta de entrada. Un día llego y el
cuadro no está. Le pregunté a la muchacha de la limpieza: "¿Qué pasó con
el cuadro? ¿Se cayó, se rompió?" M dice: "No, el señor mandó a
retirarlo y ordenó que lo colgáramos en el garaje". Cuando Enrique vino le
pregunté por qué lo había hecho: "¿Sabés qué pasa? -me dijo-. Tenías un
gesto como diciendo: ¿para qué vienen acá? Lo mandé sacar para que no se
ofendieran las visitas".
Él
podía vivir con poco. Decía: "Los pilotos norteamericanos bombardean Corea
y comen apenas un chocolatín. Total, yo no tengo que bombardear Corea".
Era un tipo alegre a su manera. Siempre con amigos: Canaro, Fresedo, Lomuto,
Manzi, venían todos a casa con las novias y esposas. También jugaba a las
carreras pero sin plata. Se compraba la Verde, elegía los caballos y jugaba de
grupo. Al caballo tal y al caballo cual, y decía "perdí" o "gané".
Hacía cosas de chico.
Yo
siempre trabajé más que él. Enrique no era trabajador. No tenía hora para
escribir. Se levantaba a la una de la tarde y salía a caminar a ver a sus
amigos. Yo tenía que preocuparme de que comiera porque era un inapetente. Creo,
en serio, que a él le hubiera gustado ser hippie para eludir el trabajo.
En sus
últimos años estaba muy cansado. Se angustió mucho por el asunto ése de las
charlas por radio durante el gobierno de Perón. A él nunca lo obligaron a decir
algo que no quería. Él lo conocía a Perón desde que éste era teniente coronel y
tomó lo de Mordisquito como una obligación para consigo mismo. Lo angustió
mucho la reacción de algunos amigos que dejaron de hablarle, le quitaron el
saludo. Él no podía soportar que lo creyeran obsecuente. Jamás lo fue. Sin
embargo, esa angustia nunca me la transmitió a mí. Nunca me dijo nada. Creo que
esto tuvo mucho que ver con su muerte. El cansancio y esta angustia.
Se
murió de repente. Estábamos planeando un veraneo de un mes en Pinamar y luego
teníamos que ir al casino de Mar del Plata a hacer Blum. El 22 de diciembre de
1951 se sintió cansado y no se quiso acostar. Se quedó en el sillón ése del
living, frente al balcón. Era como el gato: le gustaba mucho tirarse en un sillón.
Parece que la gente hubiera intuido la tragedia: Osvaldo Miranda, pasaba por la
calle y subió a charlar un rato. Vino también otra gente que no tenía por qué
venir. Hasta el valet, que tenía su día libre, vino. Cuando ya no quedaba nadie
por llegar, empezaron a visitarlo médicos y más médicos. Yo no me daba cuenta
de nada. Miranda y mi sobrino estuvieron con él hasta último momento. El día 23
a las diez de la noche me nombró "Tania…", dijo y cerró los ojos.
Si
la ventana hubiera estada abierta yo me habría tirado. Estaba desesperada. En
el verano me fui sola a Pinamar. Estuve cinco meses. Lo que le voy a decir es
una cursilería, pero pensé mucho en Alfonsina Storni. Mientras miraba el mar
pensaba en su coraje para meterse en el agua y no volver. Pero fui cobarde
primero, fuerte después. Sabía que tenía que vivir y asumí su muerte. Sólo
quien vivió con Enrique puede saber lo difícil que era perderlo. Aún hoy mi
vida es la suya. Por eso me refugié en Cambalache, donde todavía canto. ¿Qué
otra cosa puedo hacer?
Fuente:
www.elhistoriador.com.ar
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